El descubrimiento de un nuevo mundo

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Reportaje sobre la argentina Blanca Ramírez y el venezolano Christopher Bravo y su cambio de vida en la ONCE

Blanca Ramírez, argentina, y Christopher Bravo, venezolano, encuentran en el país de la ONCE un nuevo mundo donde, por fin, sus sueños se cumplen

Las vidas de Blanca Ramírez, albina, argentina, y Christopher Bravo, ciego total, venezolano, se han cruzado en la ONCE. Abandonaron sus países en busca de un futuro mejor y han encontrado en Málaga su razón de ser. Los dos han recibido la atención de los Servicios Sociales y han firmado ya su contrato indefinido como vendedores. En la ONCE han descubierto un nuevo mundo, y “acá”, dicen, los sueños se cumplen. Ya no quieren volver.

Blanca Ramírez (Buenos Aires, 1970), tiene los ojos celestes como el cielo. Siempre ha visto igual. Distingue los objetos grandes, pero no puede definir las caras. Su hermano, albino como ella, le enseñó algunas técnicas para poder leer la pizarra, pero, aun así, los primeros años, los de Primaria, resultaron más difíciles que la Secundaria. “Era más tímida y vergonzosa, me aislaba mucho de mis compañeros”, reconoce ahora.

Sus años en Argentina transcurrieron entre los cuentos infantiles que escribía y las actividades que ponía en marcha para transmitir en el aula los valores que faltaban en las calles. “En ese tiempo había muchas violencias y mucho maltrato”, recuerda. La dulzura de su voz, la musicalidad argentina de su entonación, no resta gravedad a la frase. “En aquel momento, cuando estaba allí, Argentina no era un país para personas con discapacidad y ahora tampoco -se lamenta-. La situación económica es muy difícil y ahora es más difícil porque el país está destruido por completo. Va por el camino de Venezuela, la misma política, la misma corrupción”.

Blanca Ramírez

"Argentina no es un país para personas con discapacidad", sostiene Blanca Ramírez 

Pero Blanca no abandonó su país por razones políticas, ni económicas. Se vino a España, porque trasladaron a Málaga a su marido, empresario de la construcción. Allí dejó a su mamá con su hermano a raíz del duelo por la muerte de su padre. “Fue muy duro, sentía que la abandonaba, que todo lo que le pasara era por mi culpa, que mi padre no superara que su hija se viniera para acá”, reconoce. “Antes de venirme tuve que venderlo todo, me vine con una maleta y mis cuatro hijos, pero vine con muchas ilusiones y mucha esperanza. Siempre tuve mucha confianza en mí misma”.

Le habían dicho que Málaga era una ciudad maravillosa, que podía salir a la calle con el móvil o caminar con una cadenita o una pulsera o un anillo sin temor a que le robasen, ya fuera de oro o de fantasía. “No corres peligro de que alguien te pegue un asalto con un revolver. Si me quedaba en Buenos Aires no tenía forma de proteger a mis hijos. Y hoy día puedo decir que estuvo muy bien pensado”, afirma sonriendo.

“Yo flipaba con la ONCE”

Dejó el país al poco de llegar Néstor Carlos Kirchner a la Casa Rosada en 2003.  Allí en la Argentina, Blanca nunca había visto a personas con discapacidad haciendo nada. Tardó cuatro años en descubrir la ONCE. “Tenía curiosidad de saber qué eran los puestitos de la ONCE. Yo sabía que decía ONCE, pero como no alcanzo a ver, pensaba que a lo mejor era la línea de autobús que te llevaba a algún sitio. ¿Será que había que comprar allí el boleto? Entonces una señora me preguntó que por qué no iba a la ONCE si tenía un problema visual”, explica. Y así conoció la ONCE, sus Servicios Sociales, la posibilidad de un trabajo, afiliación si conseguía la nacionalidad, que obtuvo en 2010. “A mí se me caen las lágrimas de la emoción porque en mi vida había visto un lugar especial para personas con discapacidad visual. Yo flipaba. Estaba feliz. Conseguí una lupa para ver la televisión. Me apuntaba a todos los cursos que podía. Entré en el teatro, en el taller de cocina, descubrí otro mundo. Un mundo donde puedes hacer lo que quieras, lo que tú sueñes, lo que quieras realizar”, comenta deprisa, poniéndole pasión a cada palabra. Incluso abrió un canal de cocina en YouTube ‘Cocinando con Blanqui’, especializado en tartas personalizadas, con un espacio específico dedicado a las personas ciegas.

Blanca Ramírez vendiendo en el interior de su quiosco

Blanca Ramírez no había visto nunca a una persona ciega hasta que llegó a Málaga

Afiliada ya la ONCE, Blanca siguió “flipando” al disponer de todos los servicios a su alcance de manera gratuita. “Todo era nuevo para mí porque yo no había visto nunca a un ciego”, asegura. “Flipaba porque podía leer un libro y acceder a herramientas que en mi país no tenía, y es lo que me dolía, teniendo la riqueza que tiene. Pero me sentía super contenta de haber venido acá. En Argentina la gente te miraba mucho, me daba hasta vergüenza decirle a alguien qué número de autobús venía porque no lo veía. Y ahora siento que estoy en mi mundo, para mí la ONCE lo es todo”.

Ya asentada en Málaga, y en la ONCE, comenzó a meterse en grupos de WhatsApp como el de ‘Cocinando a ciegas’ o ‘Libros a ciegas’, formados por personas de distintos países de Latinoamérica y también españoles. En el de literatura conoció a un venezolano ciego total, Christopher Bravo, con el que conectó especialmente por su enfoque espiritual de la vida, por la profundidad de sus razonamientos y por su situación personal. “¿Podemos ser amigos?”, se atrevió un día el venezolano a preguntarle. Y a partir de ahí establecieron una comunicación directa siempre por WhatsApp, pero ya fuera del grupo literario.

Conforme más mensajes se cruzaban más se daba cuenta Blanca de la triste realidad que escondía Christopher. “¿Tú te animarías a venir aquí, sabiendo que no vas a poder ver ni a tu niña ni a tu familia por lo menos, mínimo, durante un año? Acá tenemos la ONCE, ¿la conoces?”. Y así empezó a cambiar el rumbo de la vida de Christopher. “Tenemos que poner fecha, si no, esto no avanza. Y vinimos a la ONCE y nos recibieron super bien”, relata.

“Quería llegar lejos por mi hija”

Christopher Bravo nació en Cabimas muy cerca de Maracaibo, en el estado de Zulia, en Venezuela, en 1990. Desde el principio su vida ha estado marcada por las dificultades. Primero fueron los anticuerpos que minaron sus fuerzas hasta arrebatarle la visión de un ojo a los seis años por la falta de oxígeno que afectó a su retina. Durante meses tuvo que permanecer encerrado en una habitación en posición boca abajo por una operación que no sirvió para nada al final. Luego, a los 12, perdió la visión del otro por un balonazo jugando al fútbol.

Christopher Bravo sonriente en la playa

"La discapacidad es instrumento de edificación personal", afirma Christopher Bravo 

Ahí empezó a labrarse el Christopher peleón, inconformista, rebelde, fuerte, que tuvo que enfrentarse a la dolorosa indiferencia de sus compañeros y la intolerancia y hasta el maltrato de sus profesores en Secundaria en una Venezuela que no entendía de inclusiones y condenaba la discapacidad al ostracismo.

Pero salió adelante. Su madre aguardaba fuera de las clases para acompañarlo todos los días al colegio. Pedía prestados los apuntes para copiarle los temas y entre ella y sus hermanos se los repetían una y otra vez para que los estudiara. Hasta llegaron a inventar un sistema braille particular que le permitiera identificar las palabras claves a base de tacto. Aun así, vivió amargas experiencias que minaron su autoestima entonces, pero forjaron a la vez una personalidad robusta. “Ellos me sacaban al receso (recreo) y me iban a buscar a la media hora y yo me la pasaba prácticamente en posición de descanso porque no tenía trato prácticamente con ninguno”, relata erguido, con naturalidad, sin ningún poso de tristeza o reproche.

Cristo, como le llaman todos, siempre fue un niño muy inquieto y siempre luchó por llevar una vida lo más normal posible. “Cuando te das cuenta de que eres diferente -explica-, llega un momento en que te pones las pilas. La discapacidad no es una barrera, es un instrumento de edificación personal. Entonces me dije; vamos a hacer una cosa, vamos a echarle ganas, porque a mí los cieguecitos cabizbajos que dan lástima no me gustan. Entonces me fui soltando. Es otro mundo, estás como en una especie de universo paralelo”.

Christopher Bravo en su quiosco

"Soy el vivo ejemplo de que el que quiere puede cuando se le da la oportunidad", dice Bravo 

Ese universo, en Venezuela, no deja espacio alguno a las personas con discapacidad. Al menos así lo vivió Christopher durante los 29 años que vivió en su país. “Es una situación atroz, es una opresión contra un pueblo y contra la humanidad”, denuncia gráficamente. “Allí los ciegos se han acostumbrado a depender de las ayudas. Algunos tienen vergüenza, por qué no decirlo. A ningún padre o madre le gustaría las miradas indiscretas y la etiqueta de que el ciego es pobrecillo todavía pesa”.

Le lectura sustituyó al cine, a los videojuegos, a la televisión. Fue su refugio. El primer libro que leyó fue ‘El Alquimista’, de Pablo Coelho, que relata las aventuras de un joven pastor andaluz que un día emprende un viaje por las arenas del desierto en busca de un tesoro.

Premonitorio o no, ese primer libro marcó la trayectoria vital del joven Bravo. Comenzó a estudiar Ingeniería Informática. Un ciego estudiando Ingeniería Informática en la Venezuela de Hugo Chávez. Le quitaron la beca porque le quedaban las asignaturas “numéricas” y, sin alternativas para superarlas, no le permitieron continuar. Leyó entonces ‘El caballo de Troya’, de JJ Benítez, que narra la vida de Jesús de Nazaret, según el relato de un viajero del tiempo procedente del siglo XX. La fe ha sido siempre otro de los pilares fundamentales en su vida. Como Blanca. Otro refugio como la lectura. Igual que Blanca. Y en esa obra nace su amor por la búsqueda de la verdad, su pasión por el Periodismo. Se licencia en Comunicación Social, rama Audiovisual, y comienza un itinerario por medios locales, como Tv.Col, y programas juveniles en radios y hasta se aventura con un canal propio en YouTube.

Blanca vendiendo

Crhistopher vendiendo

Blanca y Christopher coinciden en que lo más gratificante de la venta es el contacto personal con sus clientes

Pero Venezuela tampoco es un país para ciegos. “No hay forma de tener una calidad de vida y vivir dignamente”, sostiene. Se planteó primero Colombia, luego México y después de conocer a Blanca a través del grupo de WhatsApp, definitivamente se decantó por España. “¿Vas a ir vos para España? -le decían sus amigos-. Yo me voy para España si el avión se caiga” cuenta ahora con una sonrisa. Ese viaje significaba dejarlo todo, lo principal, a su niña Juli, de cuatro añitos entonces, y a su mujer, en silla de ruedas por su discapacidad física. Por su hija se atrevió y se arriesgó. “Pase lo que pase tengo que lograrlo por esta criatura. Quería llegar lejos”, confiesa. Y huyó de una crisis que muchos de sus paisanos no quieren reconocer. Un año después, a las puertas del estado de alarma por la pandemia, pudo traerse a su niña Julie y a su mujer (ahora su ex pareja) con la ayuda de Cáritas que aportó el dinero de los dos billetes, que aún está financiando mes a mes.

Con la mediación en todo momento de Blanquita -como la llama él-, Christopher comenzó una nueva vida en Málaga, una ciudad que le cautivó por su aire provinciano -dice- sin vivir en medio del campo, y por su modernidad a la vez, por sus playas, por sus gentes, su accesibilidad, su comodidad. “Es buena, bonita y barata”, resume.

Personas alegres y peleonas

Blanca y Christopher han cumplido ya tres años como vendedores de la ONCE y han firmado, por tanto, su contrato indefinido. Ella vende en el Centro Comercial Viaria, en Puerta Blanca, y la estación María Zambrano, según los días, y él en la avenida de la Paloma en El Torcal. “Al principio yo me resistía, quería estudiar, pero me fui metiendo en el proceso de la venta, quería ganar dinero por mis propios medios, ser independiente económicamente, me ayudó a sobrellevar el duelo de mi hermano, mi proceso de separación, estoy totalmente independiente, me siento segura. Maduré mucho en estos tres años, es un trabajo muy digno”, afirma orgullosa Blanca. A su juicio, la clave de las ventas reside en ser natural, cálida y empática con los clientes. “Cuando veo que la gente gana premios me pone muy feliz porque con nuestras ventas podemos ayudar a mucha gente como yo, podemos ayudarnos entre todos a salir adelante y a romper con los límites”.

Christopher y Blanca conversan con el director de la ONCE en Málaga, y los jefes de Juego y Coordinación

Christopher y Blanca conversan con el director de la ONCE en Málaga, y los jefes de Juego y Coordinación

Para Christopher llegar a España fue un sueño hecho realidad, llegar a otro mundo –“porque España es la madre patria”, defiende-, fue lo máximo, me fue llenando el corazón. El verdadero vivir es lo que hago ahora, ser cabeza de familia y poder proyectarme como persona. Ganar el pan para mí y para los míos y no tener que estar esperando a nadie para poder irme un sábado por ahí a echarme una cañita”. “Ser vendedor -continúa- es tener un cúmulo de oportunidades, es una semilla de la que van a nacer muchas cosas”, vaticina. “Lo que más me ha sorprendido de la ONCE es que son personas alegres y peleonas y que nuestra discapacidad no nos diferencia. Somos ciegos, pero ya está, igual que cualquier otra persona”, sigue contando como si hubiera encendido un piloto automático. “Soy el vivo ejemplo de que el que quiere puede cuando se le da la oportunidad. Hay quienes creen que esto es vender un papelito, pero nosotros luchamos y nos ganamos nuestro pan con nuestras capacidades y debemos seguir mostrando la vida y la realidad de las personas con discapacidad, que la gente se dé cuenta que somos personas de valía”.

Los dos comparten un enfoque muy espiritual de la vida. Creen firmemente que la fe les ha salvado y les ha llevado hasta Málaga. Y confían, ahora sí, plenamente en su futuro y en sus posibilidades. Ninguno quiere volver ya a sus países, porque su país, dicen, es España. A Blanca le gusta cuando Christopher se enoja. “Es muy temperamental”, lo define. Y siente que tiene en él un espejo donde mirarse. A él le cautiva su autenticidad, su dulzura, “me quedo impregnado de su calidez, por eso me atreví a hablarle por privado en el grupo de WhatsApp”, revela.

Como centinelas de la ilusión creen en la suerte, aunque hay que trabajársela, dicen. “La suerte está mucho de la parte de las personas positivas -responde Blanca. Hay que ayudarla a que venga hacia nosotros. Yo le digo a la gente que con esos dos euritos está ayudando a gente como nosotros para tener un futuro mejor”. “A mi cuando me dicen que es dinero tirado -contesta ahora Christopher-, les digo, tirado no, invertido en obra social y por eso yo me lleno la barriga”, dice con sorna. Y como todos sus clientes ya han pensado que harían ellos si les tocara un día el Cuponazo. “Yo comprarme un piso, ayudar a mis hijos y ayudar a mucha gente como nosotros”, responde rápida Blanca. “Ella no me cree, pero yo se lo daría a ella porque me libro de preocupaciones y por el cariño y la confianza que he forjado con ella”. Grabado queda.

Blanca y Christopher juntos de espaldas al mar de Málaga

Blanca y Christopher juntos de espaldas al mar de Málaga

Los dos se declaran unos locos soñadores. “Cuando uno deja de soñar, uno se muere compañero”, zanja Cristo. “Por soñar estoy aquí en Málaga”, concluye Blanca, que tuvo a su quinto hijo ya en la Costa del Sol y es abuela de cinco nietos, todos andaluces. Ella lleva meses trabajando en lo que será su primer libro, un cúmulo de experiencias vividas que trata de buscar respuestas a tantas preguntas. Toda la vida quiso escribir. “Creo que viví mucho más acá de lo que viví en mi propio país”, admite. 20 años aquí, 33 allí. Sería una manera de compartir su ejemplo. “De alguna manera sí que me siento un ejemplo porque pienso que habrá muchas personas como yo que piensan que no lo pueden lograr y se sienten inseguras y tienen miedos de muchas cosas, de cometer errores. Cuál es el camino, la visión de vida, de eso va el libro, de transmitir mi manera de ver desde mis soledades”. Se titulará ‘Bajo la piel de ilusiones, yo, Blanca, mujer de corazón’.

Él no descarta volver a las andadas en el mundo de la Comunicación. La actualidad de Venezuela ya no le importa, pero la de España le inquieta y le provoca. “Vivimos en momentos de cambios, en una encrucijada. Siento que España tiene que avanzar y dejar tanta palabrería. Miren que nosotros pasamos por eso, Venezuela, Cuba, Argentina, México. Tenemos que promover la educación. Si la sociedad no comprende que la tecnología tiene que ser un medio y no un fin, estamos a punto quizá de autodestruirnos. Suena muy dramático, pero es que ahora todo lo queremos rápido, adictos a las emociones instantáneas y necesitamos reeducarnos. Tenemos que reinventarnos”, defiende con pasión y determinación.

Desde el pasado mes de abril, la ONCE ha ampliado la cobertura de su catálogo de prestaciones de Servicios Sociales a las personas ciegas, con deficiencia visual grave o sordoceguera, de nacionalidad no española y residentes en España o a quienes el Ministerio del Interior haya concedido el derecho de asilo o la protección subsidiaria. En la actualidad, la ONCE atiende ya a estudiantes de 65 nacionalidades y a adultos de 34 países diferentes. Y el Grupo Social ONCE cuenta en total con trabajadores de 76 nacionalidades. Blanca Ramírez y Christopher Bravo son dos personas más que integran esa lista y convierten a la ONCE, efectivamente, en un modelo social único en el mundo.

En el descubrimiento de este nuevo mundo para ellos, los dos comparten una misma visión de la vida y un mismo sentimiento, igual de profundo, de gratitud hacia la ONCE. “Si todo el mundo diera con el corazón, el mundo estaría mucho mejor”, subraya Blanca. “Seamos todos más unidos”, termina Christopher.

| LUIS GRESA

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