EN PRIMERA PERSONA: José Antonio Camposo, el guardia civil más longevo vivo

BOLETÍN 207 ABRIL 2026

"Ahora se vive mejor que antes. El resto es mentira"

La casa de José Antonio Camposo (Guájar Alto, Granada, 1921) es poco menos que un museo, reconocimientos y condecoraciones adornan las paredes, colman las estanterías y ; Algo natural, por otra parte, si se tiene en cuenta que, a sus 104 años, él mismo no puede sino considerarse un pedazo vivo de Historia. Cada día, hace sus ejercicios para no atrofiarse, 150 elevaciones de brazos y piernas, y varios viajes por el piso en el que hoy vive, en la localidad granadina de La Zubia, por lo que nos recibe por su propio pie, con un apretón de manos hasta vigoroso. Cabrero, Guardia Civil, conserje, investigador, esposo, padre, abuelo y afiliado a la ONCE, caben muchas vidas en el “siglo y pico” que sus ojos azules llevan mirando el mundo. Hoy nos invita a dar un paseo, de la mano, por ese trozo de Historia de España que da en llamar su biografía.


Nació en Guájar Alto (Granada) en 1921, parte de lo que en 1970 pasaría a formar parte de la localidad de los Guájares – compuesto por Guájar Alto, Guájar Faragüit y Guájar Fondón – y más de un siglo después, todavía recuerda retazos, desdibujados, de su más tierna infancia. Sirva el adjetivo tierna, lamentablemente, como una mera licencia poética, pues la experiencia de ser niño en un entorno rural estaba lejos, en los años veinte del siglo pasado, de ser un dulce cuadro costumbrista. 

“Pasamos mucha hambre – cuenta José – pero se hacía lo que se podía”. Su primer recuerdo se remonta a una tarde, cuando contaba con apenas 3 o 4 años, que otro niño le hizo una herida fea en la cabeza con una cuerda atada a una piedra “eran otros tiempos, más brutos” afirma. Con apenas algunos más, comenzó a dedicarse a labores del campo “tenía 50 cabras, estaban a mi cargo – recuerda lúcidamente – las llevaba por allí, las apañaba como necesitaban”. Aunque sus palabras las impregna el cariño de la nostalgia, su vida como pastor distaba de ser bucólica “tenía mucha tarea – cuenta – siendo tan pequeño, pero las cuidaba”. 

 

  “Pasábamos mucha hambre, pero se hacía lo que se podía”  

José Antonio y su mujer A la izquierda, José Antonio y su mujer a finales de los 60, a la derecha, la foto de su boda en 1951


La Guerra Civil le pilló en zona roja, y los poderes de aquel entonces le quitaron las cabras, dejándolo desamparado en aquel tiempo. Llego incluso a estar propuesto para ser fusilado con apenas quince años, y esos acontecimientos marcaron sus ideales políticos de ahí en adelante. Superada la guerra, sin embargo, pronto notó que los Guájares no podían ofrecerle a él todo lo que necesitaba. Fue entonces cuando dio el salto al Ejército.

Ese “tiempo con uniforme” fue para el aquel entonces solo José – no fue hasta hace 20 años que descubrió que en su partida de nacimiento se llamaba José Antonio – un honor, “siempre sirviendo a la patria”. El amor a su país lo tuvo, durante tres años, cambiando entre las diferentes compañías de ametralladoras del Ejército de Tierra. Un tiempo del que recuerda especialmente los desfiles. “Me encantaban, era un orgullo, pasear vestido junto a mis compañeros”. Pese al cariño con el que recuerda su etapa en tropa, la vida en el regimiento tampoco era la prometida. “Un día un superior, sin razón aparente, me dio una paliza. Me rompieron varios huesos, estuve ingresado tres meses en el hospital. Fue una rabia muy grande, mi padre estuvo rondándolo para matarlo. Eran otros tiempos” cuenta. 

Pero el tiempo de Joselito en el ejército no fue mucho más allá: pronto descubrió que, si quería formar una familia, tenía que buscar otra salida, una que pagara mejor. Fue entonces cuando la Benemérita entró en su vida. Entró a la Academia de Torrelavega (Santander) en 1944, y su primer destino fue Castuera, en Extremadura. “Nos mandaron allí, a mí y a los de mi promoción, a perseguir a los bandoleros que quedaban, los que no se habían ido a Francia” recuerda. La lucha contra los maquis en aquellos años eran apenas reminiscencias de lo que fueron recién acabada la guerra, pero la tensión era aún palpable. “Sólo encontramos a uno. Lo detuvimos, y lo llevábamos, por carretera, al cuartel para declarar. Paramos en una gasolinera y pidió ir al baño, así que mi superior me pidió que lo acompañara. Empezó a tardar más de la cuenta y cuando abrí de un portazo, estaba intentando apuñalarse a sí mismo con una navajilla que llevaba escondida” cuenta José. De la tensión que se vivió en aquellos años tanto en la sociedad en general como en el brazo armado del régimen en particular recuerda el de Guájar detalles, pero afirma, orgulloso “que siempre obró por la ley y con un gran amor por España”.

Durante todo este periplo, Carmen, la que después fuera su mujer durante más de cincuenta años, lo esperaba con paciencia mientras daba clase en su natal Granada. “No la vi en 2 años, pero aun así siempre se estuvo guardando. Era una mujer muy buena” cuenta con ojos brillantes mientras se gira para intuir – hace tiempo que ya no los ve - los retratos de los dos que, colgados en las paredes, custodian la sala. De entre ellos, uno destaca; el poema que el mismo José Antonio compuso para su mujer como regalo de bodas de oro. “En el jardín de la vida, Carmela, recibimos sagrado sacramento...” comienza, y declama, con el sentimiento del enamorado a quien la ausencia de la amada le parece una simple nota al pie, el poema de corrido. 

Pero no siempre fue tan solemne en su amor. José Antonio recuerda las travesuras que por carta – aún quedaba para que el teléfono llegara al común de los mortales – hacía a su amada. “Una vez le escribimos remitiendo desde ultratumba, a modo de nota póstuma. No le gustó mucho. Pero es que otra, por el día de los santos inocentes, dije que después de dos años habíamos terminado. No se lo tomó muy bien, menos mal que le escribimos de vuelta inmediatamente” dice hoy aliviado. El suyo fue un matrimonio muy fructífero, al menos en términos de prole: de ahí salieron cuatro hijos que, como su madre antes de ellos, se decantaron por la educación como carrera. “Es lo que ella nos inculcó – cuenta Paco, el menor de los hijos (hoy ya jubilado) que nos acompaña – siempre le gustó enseñar, y lo siguió haciendo, aunque fuese a nosotros”.

Casado en 1951, orbitó distintos destinos en la Guardia Civil, donde “tuvo que hacer lo que tocara”. Quizá el episodio más llamativo de esto fue el intento de rescate, en 1966, de un avión norteamericano que se estrelló en el Mulhacén. El contingente, consecuencia del accidente de Palomares que en enero del mismo año afectara al municipio almeriense, terminó de manera trágica: un avión C-124C Globemaster II de carga, con sus 8 tripulantes, a 3.200 metros de altura. “No nos preguntaron, nos mandaron para allá inmediatamente. Era febrero, la nieve nos llegaba por las rodillas. No teníamos ropa más que el uniforme y una capa”. La operación trató de mantenerse en secreto en un principio, y no fue hasta después que trascendieron los detalles. “Era terrorífico. Había un trozo de avión en un lado y a varios kilómetros el otro. Todo lo que pudimos traer fue un torso envuelto en plástico, cargado a la espalda. Había partes de humanos, trozos de metal, todo enterrado en la nieve. Eso me marcó, me emocionó y no sé como pude cumplir” cuenta hoy, hablando libremente de ello. 

Pero el legado de José no está tan adscrita al servicio militar. A los 57 años volvió a cambiar de ocupación: pasó a ser conserje en el instituto Ganivet de Granada. Un cambio de tercio que José reconoce como “refrescante” y que le abrió un nuevo campo en el que ahondar, la investigación.

La vida de José, feliz en lo general – cuatro hijos, con sus respectivos nietos y bisnietos dan fe de ello – ha estado siempre atravesado por un gran pesar: el no haber conocido a su madre. “Ese fue la gran pena de mi vida – intenta contar, a pesar de la emoción – no saber quién fue. Ni mi padre ni mis tíos me quisieron decir mucho. Se la llevaron para enterrarla al otro Guájar (Fondón) y nunca supe nada más”. Pasada la centena, y con la regresión que la senilidad trae sobre los primeros años de vida, José aún lamenta no haber tenido “una foto, al menos, para así haber soñado con ella”. Para él, este nuevo mudno de documentos, archivos y bibliotecas traía consigo una vía que nunca había considerado explorar: rastrear sus orígenes.

Las pesquisas de José empezaron entonces por él mismo y por lo que su nexo más obvio con el pasado, es decir, su apellido. Fruto de él reposa sobre la estantería un tomo grueso, encuadernado en piel, que reza “Historia de los Camposo” y un tapiz impresio en piel, pintado a mano, de un árbol genealógico que se remonta hasta 1600. “Fui a partir de las actas de la Iglesiad de Guájar alto, a todos los Archivos y bibliotecas que hizo falta. Y descubrí muchas cosas. Mi obsesión siempre fue revelar lo que está oculto”. Fue así que hizo el, para él, descubrimiento más grande, el verdadero nombre de su madre, Antonia Matilde de Haro, y su propio nombre completo, que era José Antonio y no José a secas, como siempre pensó. 

 

  "Mi obsesión siempre fue revelar lo que estaba oculto"  

Carmen, José y sus hijos
 


“Descubrí muchas cosas, pero sobre todo investigué la historia de los Guájares” dice, con una mano sobre el libro que así lo atestigua, “Los Guájares en la historia” (Ayuntamiento de Los Guájares, 1995). Pese a ser reconocido por las instituciones locales varias veces como miembro destacado de la comunidad, José Antonio nunca se sintió cómodo en un pueblo que, con impulso cainita, nunca quiso reconocer su trabajo desinteresado. “Son personas apáticas, que nunca lo valoraron. Pero yo estoy contento porque lo hice por mi pueblo, no por ellos” comenta más de 30 años después. 

Fue por estas largas tardes y noches entre documentos ajados y retazos de un pasado lejano cuando la vista “se le gastó”. El diagnóstico fue claro: degeneración macular grave. Intentó operarse con un procedimiento experimental, pero la intervención le dejó con una poca visión periférica y el centro quemado. Ahí conoció a la ONCE. El servicio tiflológico de la zona, con algo tan sencillo como una telelupa, mejoró exponencialmente la calidad de vida de José, que llegado a este punto era un ratón de biblioteca. “Para mí fue una segunda vida. La investigación se había convertido en una ocupación a tiempo completo, y tener que dejarlo para mí significaba apagarme. Pero con la ayuda de la ONCE seguí indagando, y averiguando”. 

De la Organización guarda un buen recuerdo, aunque despegado por motivos físicos, siempre participó en lo que pudo. “Antes los ciegos no vivían tan bien. Desde que se cambió el cupón a nacional, los veo mucho mejor” comenta. En general, José, desde la atalaya de sus 104 años, no es tan catastrofista con la situación actual. “Ahora se vive mejor que antes. Los progresos se notan en cualquier sitio, aunque siga habiendo situaciones feas, hay más soluciones para que la gente tenga una vida más digna”. Recuerda los tiempos de hambre, de crispación de la guerra civil y entona una arenga para defender el Estado de Derecho: “Todavía estamos bien, pero quién sabe” sentencia.

Profundamente nacionalista, José tiene sin embargo una curiosa relación con el regionalismo andaluz. Su padre, Diego Camposo, alcalde en un tiempo de Guájar alto, guarda una anécdota con el que fuera padre del andalucismo, Blas Infante. “Hace 30 años llegó hasta nosotros un historiador – cuenta Paco, su hijo. – buscando a los Camposo. En un principio nos sorprendió y luego nos contó. Resulta que en la votación del primer Estatuto de Autonomía andaluz, los delegados de Granada (y los de Almería) no estaban por la labor. Que se llegaron a ir de la reunión. Pero por lo visto, fue mi abuelo (padre de José) quien reunió a unos cuantos alcaldes y les mandó un telegrama diciendo que se volvieran, que firmaran el acuerdo. Y le hicieron caso, y gracias a ello hubo consenso” relata hoy. “Es una historia muy curiosa que además, estuvo oculta durante mucho tiempo, hasta que un forastero llegó a los Guájares preguntando por él”. “Se honró a mi abuelo en su tumba, mucho después de fallecido, por todo lo que hizo por nosotros, fue un orgullo muy grande para mi padre” asegura Paco.

 

  "Ahora se vive mejor que antes. El resto es mentira"  

José Antonio juntoa  sus logros
La pasión por la investigación de José fue un descubrimiento tardío, pero no por ello menos intenso


La mirada de José, después de la mañana repasando su vida, vaga cansada por la estancia, sin ver. Pasea por las enseñas, los reconocimientos de una carrera dedicada a los demás, mientras pone distancia poco a poco, alejándose del plano donde quedamos su hijo y yo, sentados a la misma mesa pero a la vez muy lejos de él. Sin embargo, una última pregunta lo hace aterrizar, de golpe, entre los mortales. “¿Y cómo quiere que lo recuerden?” esgrimo, y sus ojos se centran, buscándome, mientras se cuadra en el sillón, firme como en pase de revista. “Como una persona luchadora, valiente cuando tocó, que se esforzó por servir a los míos y a la Patria” afirma, con un punto de orgullo, antes de volver a irse. 
 

| CRISTÓBAL ANGULO

Publicador de contenidos

GRUPO SOCIAL ONCE
ILUNION

Visualización del menú

Enlaces de Utilidad

Publicador de contenidos