Antonio Sedeño, profesor : "Hay que centrarse en lo que el niño es capaz de hacer"

BOLETÍN 213 NOVIEMBRE 2026

Los últimos informes PISA arrojan datos muy preocupantes sobre la educación en nuestro país. Los alumnos están sufriendo en sus carnes la irrupción de las nuevas tecnologías, los problemas de atención y la delegación cognitiva en herramientas externas como las inteligencias artificiales. Sin embargo, Antonio Sedeño (Málaga, 1963) es parte de ese núcleo de resistencia que sostiene que aún hay esperanza. A pocos meses de jubilarse, este profesor, hijo y padre de profesores, no ha perdido la ilusión con la que entró a un colegio la primera vez, como alumno. Hoy nos recibe en la sede de la ONCE en Málaga, el centro de operaciones desde el que hace más de 30 años que ayuda a niños en colegios de toda la provincia.

 Para empezar por orden cronológico, ¿cómo empezó todo? ¿Notaste la vocación por la educación desde el principio?

Pues yo ya estaba trabajando en educación. El tema es muy vocacional, es imposible de otra manera. Soy de familia de profesores y maestros: mi abuela era maestra, mi madre maestra, tengo tíos y primos maestros. Tengo dos hijas y las dos son profesoras también. Siempre ha sido un tema muy vocacional en la familia, de hecho, cuando era pequeño jugaba a los maestros. Somos nueve hermanos y yo hacía de maestro, montábamos una clase y yo era el profesor. Así que la vocación estaba ahí.

Antes de entrar en la ONCE también estuve trabajando en educación, tanto en la Junta de Andalucía como de profesor de secundaria. Después trabajé en el Ayuntamiento, en temas relacionados con el absentismo escolar.

A decir verdad mi entrada en la ONCE fue un poco de rebote. Yo estaba estudiando Pedagogía y mi mujer Psicología. Cuando terminamos las carreras empezamos a buscar trabajo y un compañero nos comentó que habían salido unas plazas en la ONCE. No sabíamos exactamente qué era aquello de “técnico en rehabilitación”.

Nos presentamos a las pruebas y mi mujer aprobó primero. Entró en la ONCE en 1990 y la destinaron a Murcia. Yo me quedé en Málaga trabajando en el Ayuntamiento. Decidimos que, cuando saliera una oportunidad para acercarnos, lo intentaríamos y en 1992 salió una convocatoria para entrar como maestro en la ONCE. Mi mujer me avisó y me presenté. La plaza era a nivel nacional, pero era una manera de entrar y acercarnos, y aprobé.

Recuerdo que estábamos en la Expo 92 cuando nos llamaron para decirme que había pasado el proceso de selección y que tenía que elegir destino. Como había puesto Murcia como primera opción, pude elegir Murcia por la puntuación que había obtenido. Y allí empecé mi andadura profesional, en septiembre de 1992.

Actualmente se cuestiona mucho la figura del maestro y a veces se presenta la docencia simplemente como una oposición para conseguir una plaza. ¿Crees que la vocación es especialmente importante en vuestro trabajo?

Claro. Si te dedicas al mundo de la educación tienes que tener vocación. Si no, vas a ser un mal profesor, y si trabajas con un alumno con discapacidad, todavía más. Si no tienes vocación, primero vas a sufrir tú, porque no vas a sentirte realizado con tu trabajo, y segundo, el alumno que te haya tocado va a sufrir las consecuencias.

Si no tienes ilusión ni vocación, no vas a transmitir ese afán de superación ni vas a trabajar adecuadamente las capacidades del alumno.nEso no viene únicamente de los estudios o de la formación. La formación es necesaria, pero la vocación es fundamental. Si no tienes esa vocación, puedes acabar amargándote tú y amargando al alumno.

La educación no es tarea de uno solo ¿ha cambiado mucho con los años la composición de los equipos o vuestra metodología?

La metodología ha ido evolucionando, pero hay algo que sigue siendo fundamental. Cuando trabajamos con un alumno con discapacidad visual, no se trata solamente de enseñarle Braille o una determinada herramienta. El objetivo principal es que tenga autonomía y que utilice al máximo sus capacidades.

Al principio uno puede fijarse mucho en las dificultades que tiene, pero hay que cambiar la perspectiva: no hay que preguntarse qué es lo que el niño no puede, sino lo que él puede hacer.

Por ejemplo, algunas personas desarrollan muchísimo la memoria. Hay alumnos con una capacidad de memoria extraordinaria. Tenemos que potenciar esas capacidades. Nosotros tampoco enseñamos Matemáticas o Lengua. Eso lo hace el profesor del aula. Nuestra función es proporcionar al alumno las herramientas necesarias para que pueda acceder a esos aprendizajes.

Por ejemplo, puedo enseñarle un programa que le permita escribir matemáticas en el ordenador, escucharlas o trabajar con ellas mediante una línea Braille. Le proporciono la herramienta para que pueda trabajar las matemáticas con su profesor.  Además, mi función no consiste solamente en trabajar con el alumno. También trabajo con el profesor de aula, con todos los profesores que tenga, con los profesionales de apoyo y con el centro educativo en general.

¿Cómo es la coordinación con los profesores y con el resto del centro educativo?

Es fundamental. La coordinación entre todos los profesionales que intervenimos con el alumno es imprescindible. Si no existe coordinación, las cosas no van a funcionar.

El tutor del alumno es una pieza fundamental. Yo soy un apoyo externo que viene al centro, pero el tutor es el responsable del alumno. Su implicación debe ser máxima. Cuando yo entré, comenzaba todo el proceso de integración educativa y nuestra figura era bastante desconocida. A veces llegábamos a un centro con un alumno ciego y parecía que el tutor pensaba: "Ahí tienes al alumno, tú te encargas de él".  Eso ha cambiado. Ahora el tutor sabe que el alumno es suyo y que él es quien va a trabajar con él. Nosotros asesoramos sobre cómo hacerlo de la mejor manera posible.

¿Ha evolucionado también la percepción que tienen los centros educativos sobre su trabajo?

Sí, mucho. Al principio éramos bastante desconocidos. Con el tiempo se ha entendido que somos un equipo específico, igual que existen equipos especializados para alumnado con discapacidad motórica, auditiva, autismo u otras necesidades. Ahora se conoce mejor la función de cada equipo.

También habrá cambiado muchísimo el material y la tecnología que utilizan.

Sí, claro, muchísimo. Cuando entré, muchas de las tecnologías que existen actualmente no existían. Había herramientas que entonces eran modernas, pero hoy están completamente obsoletas.

Las líneas Braille, por ejemplo, no existían como las conocemos actualmente. Tampoco existían herramientas como JAWS. Había tecnologías mucho más limitadas. Después llegó la máquina Braille y, actualmente, el ordenador tiene un papel fundamental. Los niños empiezan aprendiendo Braille y lectoescritura, pero posteriormente, especialmente en Primaria y Secundaria, utilizan muchísimo más el ordenador.

Eso le obliga a mantenerse constantemente actualizados

Claro. Una de las cosas muy buenas que tiene la ONCE es la formación. Todos los años tenemos formación. Por muchos años que lleves trabajando, la tecnología avanza y, si no te formas, te quedas obsoleto por mucha experiencia que tengas.

La ONCE nos ofrece formación durante todo el curso escolar. Es algo que siempre he agradecido mucho: la formación, el reciclaje y la actualización profesional. Cuando aparece un programa nuevo, muchas veces recibimos formación sobre él. Incluso en algunos casos participamos desde etapas muy tempranas en el desarrollo de determinadas herramientas y programas.

Y después de tantos años, ¿qué es lo que no ha cambiado?

(ríe) La vocación y la ilusión por el trabajo. Los materiales han cambiado muchísimo, la tecnología ha avanzado y la mentalidad de los centros educativos también ha cambiado hacia una mayor inclusión. Pero hay algo que permanece: si no tienes vocación y ganas de trabajar, si no te gusta tu trabajo, no puedes ser un buen profesional.

Sinceramente, yo tengo hoy la misma emoción que el primer día. Tengo más experiencia y quizá menos nervios que al principio, pero la ilusión sigue ahí. Si esa ilusión desaparece, no puedes ser buen maestro. La tienes que tener al principio y también al final.

"Tengo la misma emoción que el primer día. Si esa ilusión desaparece, no puedes ser un buen maestro" 


Sedeño ha sido homenajeado varias veces como trabajador de la ONCE

¿Qué es lo que más le ha aportado trabajar con estos alumnos?

Todo. Para mí es uno de los trabajos más bonitos del mundo. No solamente porque estás enseñando a una persona determinadas cosas, sino porque aprendes muchísimo de ella.

Yo aprendo cada día de mis alumnos. Aprendo de su esfuerzo, de su afán de superación y de su capacidad para enfrentarse a las dificultades. Todo eso se te contagia como persona. Es un aprendizaje de vida. Cuando me jubile dejaré de trabajar, pero todo lo que he aprendido durante estos años se quedará conmigo. He aprendido muchísimo de mis alumnos, de sus familias y de mis compañeros. Todo eso me ha enriquecido como persona.

Después de tantos alumnos, ¿se siente un poco parte de lo que son hoy esas personas?

Sí, muchísimo. Eso me llena. Cuando llegan nuevos afiliados, recuerdo cómo llegan las familias. Al principio suelen estar tristes y desorientadas. Ha nacido un niño con una discapacidad y no saben cómo afrontar la situación. La ceguera es una discapacidad muy visible y puede provocar mucho miedo. Los padres pueden pensar inmediatamente: "No va a poder hacer esto, no va a poder hacer aquello".

¿Encuentra problemas en algunas familias a la hora de aceptar la discapacidad?

Sí, Puede pasar. Y ocurre en todos los niveles socioeconómicos. Por eso es muy importante trabajar con la familia. Es normal que una familia, cuando nace un niño con ceguera o con una discapacidad visual, tenga que afrontar un proceso de adaptación. Ellos habían imaginado que iban a tener un niño sano y, de repente, aparece una situación nueva.

Hay que trabajar mucho con ellos. Cuando los niños son recién nacidos, nos llegan a través de los hospitales u otros canales y enseguida comenzamos la intervención. Los primeros meses son fundamentales para el niño. Si la familia no está bien ajustada a la situación y, por ejemplo, decide no sacar al niño a la calle por miedo a que los demás pregunten qué le pasa, se pueden perder experiencias muy importantes. Desde que nace, el niño necesita experiencias. Hay que sacarlo a la calle, hablarle, explicarle lo que hacemos y verbalizarle las situaciones. Por ejemplo, si vamos a darle el biberón, hay que decirle que vamos a comer y acercarle el biberón. Hay que proporcionarle la misma información que recibiría un niño que ve. Ese trabajo con la familia es fundamental. Cuanto antes se empiece, mejor.

¿Hay diferencia entre un niño que nace ciego y otro que pierde la visión posteriormente?

Sí, hay una diferencia importante. Un niño que nace ciego no tiene una referencia visual previa. Poco a poco va descubriendo que percibe el mundo de una manera diferente a los demás, pero lo va haciendo de manera natural.

En cambio, un niño que tenía visión y posteriormente la pierde tiene la experiencia de saber lo que está perdiendo. Antes podía hacer determinadas cosas y ahora ya no puede hacerlas de la misma manera. Por eso puede existir un problema de ajuste emocional. Hay que trabajar mucho ese aspecto porque, si el niño no supera emocionalmente esa situación, puede tener dificultades para avanzar.

Con los niños ciegos de nacimiento hablamos con naturalidad de la visión y de la ceguera. No hay que ocultarlo ni convertirlo en un tema tabú. Por ejemplo, cuando empieza Infantil puede preguntarse por qué sus compañeros utilizan lápices y colores y él utiliza otros materiales. Eso es completamente normal. Hay que responder con naturalidad: explicar que los demás perciben las cosas con los ojos y que él las percibe de otra manera, utilizando el tacto u otras herramientas.

 "La ceguera no tiene que ser un tema tabú para los niños" 


 

Con aquellos que pierden la visión después, lo trabajamos en el colegio con el tutor y el profesorado. Si vemos que el problema es mayor, interviene el psicólogo, que trabaja específicamente el ajuste emocional. Es fundamental abordar este aspecto. Si el niño no está emocionalmente bien, no puede centrarse en los aprendizajes.

¿Cómo cambia vuestro trabajo según la edad del alumno?

Tenemos unos criterios generales de atención. Cuando el niño es ciego total, la atención es mayor. Y cuanto más pequeño es, mayor es también la atención que necesita. Conforme van adquiriendo autonomía, nuestra intervención se va reduciendo. En Infantil podemos estar en clase dos o tres veces por semana para observar cómo funciona, asesorar al maestro, realizar adaptaciones y trabajar el Braille. Conforme el niño adquiere autonomía, ese apoyo se va reduciendo. En Secundaria e incluso en Bachillerato, un alumno ciego puede necesitar una intervención aproximadamente una vez por semana.

¿Y en el caso de un alumno con baja visión?

En baja visión también depende de la edad, pero cuando son mayores suele ser más un seguimiento. Estos alumnos normalmente trabajan con tinta, igual que sus compañeros, pero necesitan determinadas ayudas. Podemos utilizar telelupas, programas de ampliación como ZoomText, atriles para mejorar la postura u otros materiales.

El objetivo es que pueda trabajar como el resto de los alumnos de la clase. También es importante que el profesorado sepa que puede necesitar más tiempo para determinadas actividades y exámenes. Eso está regulado y también ocurre en la universidad. Si la letra está ampliada, por ejemplo, el alumno puede tardar más en leer. Por eso necesita tiempo adicional.

¿La paciencia y la capacidad para afrontar las diferentes situaciones también se adquieren con la experiencia?

Sí. La experiencia te da eso. Con los años aprendes a anticipar determinadas situaciones y a saber cómo actuar. La experiencia es muy importante.

A raíz de los últimos informes PISA se ha hablado mucho de los resultados educativos, de la inteligencia artificial, de las redes sociales y del consumo de contenido corto. ¿Cuál es tu visión sobre ello?

Creo que es un tema bastante más complejo de cómo se trata. Actualmente los niños y el alumnado en general están demasiado centrados en las redes sociales y en los móviles, sí, pero los móviles son una herramienta muy importante y fundamental, pero no podemos sustituir otras actividades lúdicas, de ocio o deportivas por estar todo el día en casa jugando con el móvil. Hace falta recuperar el juego en la calle, salir, hacer deporte y relacionarse con los demás. También observo que los niños leen poco. La lectura no parece ser una actividad suficientemente presente en muchos casos.

¿En el caso de los niños con discapacidad visual es diferente?

Sí, en nuestro caso es diferente porque estamos muy encima de ellos desde el principio y asesoramos mucho.

Además, la ONCE organiza muchas actividades entre iguales. Hay actividades deportivas, encuentros y actividades durante los fines de semana. Ese tipo de actividades también son importantes para los niños en general. También hay que buscar un término medio. Hay padres que apuntan a sus hijos a muchísimas actividades y otros que dejan al niño todo el día con el móvil. Lo importante es el equilibrio.

¿Hasta qué punto es importante la familia en todo esto?

Es fundamental. Es importante que los padres conozcan qué hacen sus hijos y que tengan tiempo para acompañarlos. Si los padres trabajan todo el día y llegan tarde a casa, tienen menos posibilidades de controlar qué hacen los niños. A veces se apunta a los niños a muchas actividades, pero no se sabe si realmente les interesan o si las disfrutan, y su educación se resiente.

¿Crees que los niños han perdido capacidad para aburrirse y eso afecta a su creatividad?

Rotundamente sí. Los niños están acostumbrados a recibir estímulos constantemente.

A veces dicen: "Me aburro". Y yo pienso “qué bueno que puedan aburrirse un poco”. Que se queden un rato sin hacer nada. El aburrimiento también es necesario. Permite que aparezca la imaginación y que el niño busque algo que hacer por sí mismo. Por eso es tan importante la lectura. Para mí, fomentar la lectura desde muy pequeños es fundamental. La creatividad también aparece cuando el niño se relaciona con los demás, sale a la calle, juega con sus amigos y busca actividades por sí mismo. Si está todo el día como sujeto pasivo recibiendo estímulos, es más difícil que desarrolle esa creatividad.

También es importante que se equivoquen. Hay que permitirles equivocarse. Si no hay error, no hay aprendizaje. A veces los padres quieren decidirlo todo por sus hijos, pero el niño tiene que aprender también a tomar decisiones y a equivocarse. Hay que ofrecerles posibilidades y dejar que poco a poco tengan capacidad para decidir.

¿Cree que también existe demasiada presión por parte de algunas familias?

Sí. Por ejemplo, suele ocurrir con el fútbol. Hay padres que proyectan sus propias expectativas sobre los hijos. El niño tiene que poder elegir lo que quiere hacer. También vemos situaciones en las que los padres tienen comportamientos poco respetuosos durante las actividades deportivas, por ejemplo, insultando al árbitro. El niño observa eso y aprende de lo que ve. Tenemos que mirarnos un poco al espejo. Los niños son fruto de lo que ven a su alrededor.

¿Cuál sería su receta para una mejora en el sistema educativo?

Hace falta un esfuerzo social. Una sociedad que apuesta por la educación y pone recursos en ella es una sociedad que está construyendo su futuro. Cuesta, porque los resultados no son inmediatos. Somos demasiado cortoplacistas y queremos ver resultados rápidamente, pero la educación necesita tiempo.

Puede haber diferentes opiniones políticas, pero debería existir una base común. Una de esas bases debería ser dedicar un esfuerzo importante a la educación para reducir las ratios. Cuando tienes 30 o 35 alumnos en una clase es muy difícil atender adecuadamente todas las necesidades. Y para eso hace falta un esfuerzo económico. La sanidad, la educación y los servicios sociales son pilares fundamentales. Hay que invertir en ellos para tener una sociedad más sana.

Para terminar, ¿qué le pide al futuro y qué esperas de él?

La ONCE incluso nos da cursos de preparación para la jubilación (ríe). Yo sigo trabajando con muchísima ilusión, pero sé que se acerca el final de mi trabajo presencial. Todas las experiencias que he tenido se quedan conmigo. De eso no me jubilo.

He aprendido muchísimo de mis alumnos, de sus familias y de mis compañeros, y todo eso me ha enriquecido como persona. Cuando me jubile quiero seguir haciendo deporte, porque me gusta mucho. También quiero dedicar más tiempo a actividades culturales y a la lectura. Estoy en un club de lectura y ahora podré dedicarle más tiempo.

Cuando uno trabaja tiene un horario, pero después se lleva trabajo a casa y no siempre tiene tiempo para hacer todo lo que quiere. Después de jubilarme también quiero seguir dedicando tiempo a mi familia. Otra cosa que tengo en mente es colaborar con alguna ONG. Creo que me aportaría mucho poder poner mi granito de arena dentro de un grupo de personas que ayuda a quienes lo necesitan. Creo que voy a ocupar bien mi tiempo y con mucha alegría. No me voy triste. La única tristeza será dejar a mis alumnos y a mis compañeros, aunque seguiré viéndolos y manteniendo el contacto, así que estoy contento.

 

| CRISTÓBAL ANGULO

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