EN PRIMERA PERSONA: Margarita Rosado, pensionista

  • Boletín: BOLETÍN 153 MAYO 2021

    Temática: Entrevistas Margarita Rosado, en su domicilio en CádizMargarita Rosado, en su domicilio en Cádiz

    “Se está perdiendo mucha humanidad”

    Margarita Rosado (Cuevas del Becerro, Málaga, 1947), nació sin visión en el ojo izquierdo y a los 18 años perdió también la visión del derecho. En plena Transición, año 76, inició su actividad laboral como vendedora de la ONCE en Málaga. A los 40, se quedó viuda con un hijo de siete años y, después de casi tres décadas como vendedora, ha superado con éxito una nueva barrera en su vida, adaptarse a sus implantes cocleares para mitigar su sordera total. Ha sido una activista del sindicalismo, siempre rebelde, siempre combativa, una mujer tan apasionada de la política como decepcionada de los políticos. Puro coraje. 

    A usted le tocó pelear desde muy pequeña.

    Nací en el año 47 en un pueblo que tiene ahora mismo 1.580 habitantes, con un problema de visión, tenía un glaucoma congénito. Para mis padres fue un problema muy gordo. Estuve en el colegio del pueblo, iba de oyente, me acuerdo que la profesora me ponía a hacer siempre una ‘m’ muy grande escrita en la pizarra, y no me hacía más nada, solo de oyente. Mi madre decía que no se retiraba de mi lado. La ONCE existía, pero yo no estuve en los colegios de la ONCE. Así fue pasando mi infancia.

    ¿Y cómo fue esa infancia en Cuevas del Becerro?

    Guardo recuerdos desagradables porque en los pueblos los más crueles son los niños. Veía un poquito, pero los niños me decían “¡Ciega!”, las historias que pasan en los pueblos.

    ¿No fue fácil?

    No fue fácil y no fui a ningún colegio, y todo por sobreprotección. Mi madre me sobreprotegía mucho. Hoy tendría 100 años, era otra cultura y otra forma de pensar, con mucho, mucho cariño, pero también con muchas carencias. Eran años muy difíciles en todos los sentidos para todo el mundo. Pasé mi infancia, mi juventud, veía a mis hermanas, todas con sus ilusiones, sus trabajos, sus historias, y yo me esperaba a levantarme a las 2 para que el día se me hiciera más corto. Y pensaba que algo tenía que haber para que saliera de ahí.

    ¿Y qué pasó?

    Que un cura que venía de las misiones al pueblo me ayudó y me dijo que por qué no había ido a la ONCE. Yo sabía que existía, pero mis padres no lo habían visto bien. Y quedé con este señor, un día que mis padres no sabían ná, y me fui a Málaga y me afilié a la ONCE. Eso fue en el año 74.

    Perder por completo la visión a los 18 años, en la España del 65, debió resultar especialmente duro.

    Como vas perdiendo la vista muy progresivamente, tanto trauma no fue, porque me iba habituando en todo momento a la vista que iba teniendo. Así que vine a la ONCE y me afilié. Y me callé. No dije nada. Mi gente pensaba que había venido a unos cursillos de Cristiandad. Y a los cuatro meses de estar afiliada me llamó la trabajadora social de ONCE para que fuera al Centro de Rehabilitación de Sabadell, que tenía que ir a Málaga a recoger papeles para ir a Barcelona. Entonces fue cuando se lo dije a mis padres.

    ¿Cuánto tiempo estuvieron sus padres sin saberlo?

    Cinco meses –se sonríe-.

    ¿Y por qué no se atrevía a decírselo?

    Mi madre en aquellos tiempos no quería hablar de ONCE. Era un tabú, que yo no me enterara de cosas ni me preocupara. Era una sobreprotección total.

    “La sobreprotección no es buena”

    Rosado ocultó a sus padres durante cinco meses que se había afiliado a la ONCE

    La sobreprotección a los niños ciegos resulta perjudicial a la larga, ¿no cree?

    Para los niños ciegos y para cualquier persona que tenga discapacidad, la sobreprotección no es buena. Yo siempre que tengo oportunidad de hablar con una familia les digo que no los protejan mucho; “críalo como a los demás”. Que mi madre no hizo eso con mala idea. No, no, al revés, lo hizo por un exceso de cariño. Hoy eso no se comprende, pero eso es así, fue por exceso de cariño.

    Esa forma de educar ha evolucionado mucho, ha cambiado ya afortunadamente.

    Gracias a Dios, claro. A partir de que me fuera a Sabadell se me abrieron todas las puertas. Yo era una esponja, lo absorbía todo. Tenía que estar tres meses para aprender movilidad con bastón, pero iba a mecanografía, a clases culturales, vida diaria, a todo lo que había. Al mes y medio de estar ahí le mandé a mi madre una carta escrita a máquina. Aprendí a leer como aprende un niño pequeño con la primera cartilla. Tenía que estar tres meses y si me daban de alta de movilidad me volvía a casa. Pero yo a mi casa no podía volver. Yo había salido ya de allí.

    ¿Y no volvió?

    Tenía muchas inquietudes e ilusiones y no podía volver a mi casa. Me espabilé en movilidad en tres meses. Al director del centro le dije que no podía volver, que no me dieran alta en movilidad para volver tras el verano y poderme quedar vendiendo cupones en Barcelona.

    Y así fue como comenzó su etapa laboral.

    Me fui de vacaciones, volví en septiembre al Centro, para todo el mundo, que iba para terminar el curso, pero me quedé vendiendo cupones en Barcelona dos años, en la estación de Francia, que era la estación central de Barcelona.

    ¿De dónde sacaba ese coraje?

    Ese coraje lo sacaba yo de las ganas que tenía de hacer cosas. Yo quería tener mi vida, mi independencia económica, mi familia, por todos los medios quería estudiar, y me quedé en Barcelona vendiendo y estudiando. Después me metí en la Escuela de Telefonía de Barcelona.

    Debió ser un momento de su vida emocionante.

    Fue una etapa muy bonita. Descubrí que un ciego podía hacer muchas cosas, que no tiene por qué estar en su casa metido. Y ahí empecé yo ya mi vida. Allí me enamoré de una persona de Málaga que había ido al Centro a rehabilitarse. En aquellos años se vendía muy mal y todo el mundo me echó una mano. Era un joven que había perdido la vista en seis meses por la diabetes, que no se integraba con nadie, pero conmigo se abrió un poco, y poquito a poquito me fue cautivando y con él me casé claro.

    ¿Y se volvieron a Málaga?

    De Barcelona me fui a vender a Granada seis o siete meses porque estaba más cerca de él.

    ¿Cómo recuerda esos primeros años de venta?

    Lo recuerdo mal porque la venta estaba muy mala. El premio mayor eran 6.000 pesetas (36 euros). No teníamos Seguridad Social, no teníamos Asuntos Propios, no teníamos salario base, no teníamos de nada. Nosotros mismos teníamos que pagar nuestros cupones. La cosa no tiene nada que ver ahora, que se ha conseguido mucho.

    Debió resultar duro compatibilizar la venta, quedándose viuda con un niño de 7 años.

    Pues mira, hacíamos lo que podíamos, entonces no era como ahora. Yo misma me creé un puesto de venta cerca de casa, que era en la puerta de Correos, y nunca he tenido a mi niño vendiendo cupones conmigo, se lo dejaba a una vecina, que también tenía una hija ciega, o lo dejaba en la guardería.

    ¿Dónde prendió en usted la vena sindicalista?

    Siempre he sido una persona muy inquieta, y cuando mi marido murió me metí en la ONCE en el ámbito sindical. Él fue un gran luchador, él en un sindicato y yo en otro. En mi casa pasaba como en el fútbol, que hay un matrimonio en el que a uno le gusta el Real Madrid y a otro el Barça, era así.

    ¿Cuántos años estuvo de sindicalista?

    Desde 1988, un año después de la muerte de mi marido hasta que me jubilé en 2005.

    ¿Y qué ha sido lo más gratificante y lo más complicado de sus tres décadas como vendedora de la ONCE?

    Contactar con el público. A mí todo el mundo me quería mucho por el barrio. Ese contacto directo me llenaba era muy gratificante. Después, una vez que me jubilé es muy gratificante mi independencia económica naturalmente. Y lo más duro, que mi marido como estaba luchando con el sindicato contra los juegos ilegales, se lo llevaron la policía y estuvo encarcelado 16 días. Málaga era una de las ciudades que tenía la famosa ‘La Rápida’, que traía a los vendedores de Málaga por la calle de la Amargura y ahí se hicieron muchas huelgas y manifestaciones para conseguir que el Gobierno quitara ese juego ilegal.

    “La política de hoy no vale un euro”

    "La clase política no está a las alturas de las circunstancias que estamos viviendo", sostiene Margarita Rosado

    ¿Contra qué se rebela ahora usted Margarita?

    Me rebelo porque se está perdiendo mucha humanidad. ¡A mí me encanta la política eh! Y se está perdiendo mucha humanidad en la vida en general. Las personas con discapacidad nos vemos con muchísimos problemas, aunque sigue habiendo muchísima gente buena que te ayuda. Y la política que hay hoy en día, ni de izquierdas, ni de derechas, ni de centro, ninguna vale ni un euro. Toda es una política muy barata, muy fea y muy mala.

    ¿Le han decepcionado?

    Sí, sí. Y yo te digo que soy de izquierdas. Pero estoy decepcionada con los políticos. Si es que ves el Congreso y a mí me da hasta vergüenza ajena de las cosas que pasan ahí.

    Y la crispación política, ¿qué le produce?

    Un malestar enorme pero como no puedo solucionar nada... solo puedo mosquearme, porque no puedo arreglar nada.

    La sociedad de hoy ¿cree que está lo suficientemente comprometida?

    No se puede generalizar porque hoy, por un lado, hay mucho pasotismo, y por otro, mucha gente implicada, ayudando en Cáritas, en Voluntariado, en comedores... No se puede generalizar, pero el ambiente que veo es algo crispadillo.

    Usted como mujer con discapacidad ¿ha sentido discriminación alguna vez?

    Yo no, qué va, qué va.

    Los sindicatos en pleno siglo XXI, ¿cuál es el papel que deben ejercer?

    Tienen la misma razón de ser. Los sindicatos están para defender al trabajador ¿no?

    Antes decía que se siente decepcionada por los políticos, ¿y por los sindicatos no?

    Si te digo la verdad, al estar fuera de ONCE y del ámbito laboral, creo que los sindicatos están más pasotillas en términos generales, como la reforma que tiene que llegar, todo son acuerdos cogidos con alfileres. Están más acomodados y más pasivos.

    Ya jubilada perdió toda la audición. Otra nueva barrera en su vida.

    Tenía un perro guía y con él iba a todas partes, pero llegó un momento que oía tan poquito que no salía mucho con el perro a la calle porque le estaba dando un sufrimiento continúo. Ha sido lo peor que me ha pasado en mi vida, no le deseo a una persona ciega total que tenga problemas de audición, porque el que es sordociego, es sordociego de toda la vida, pero la persona que ha tenido un oído -ya sabes que los ciegos desarrollamos mucho el oído y el tacto-, a no tener nada, la verdad es que lo pasé muy mal. Y ya me hicieron los implantes cocleares. Aquello me decepcionó un poquito porque oía tipo robot, pero conforme se va rehabilitando el oído se va adaptando. Y la adaptación estuve durante un año y medio yendo a Granada tres veces en semana para la rehabilitación con los logopedas y los técnicos. Fue muy difícil pero como siempre he sido muy tozuda, me operaron el oído izquierdo también. Y me siento super contenta. Lo único que no puedo hacer es salir a la calle con el bastón.

    ¿Qué lee? ¿Qué escucha? ¿Qué ve?

    Me encanta escuchar la radio. Onda Cero y la Cadena SER son mis dos emisoras favoritas. La tele la veo muchísimo, me encanta La Sexta y 24 Horas, son mis dos canales favoritos. Y leo todo lo que cae en mis manos, yo me los bebo. Ahora voy a empezar a leer el nuevo libro de María Dueñas y me estoy leyendo ‘El tiempo entre costuras’.

    La Pandemia, ¿cómo le ha afectado?

    Le he tenido mucho miedo. Me ha afectado mucho. Aparte de que es muy malo, están muriendo muchas personas. En mi familia ha dejado una huella muy gorda porque han muerto mis dos cuñados, el hermano de mi marido y su mujer, que fueron nuestros padrinos de boda y de mi hijo, y me ha dejado bastante marcada.

    ¿Vamos a aprender algo de esta situación como sociedad?

    Yo creo que sí, que saldremos reforzados como sociedad. Quiero ser positiva y pensar que vamos a sacar algo bueno de lo que hemos estado viviendo.

    Tiene dos nietas, ¿qué lección quiere dejarles?

    Estoy haciéndoles mucho hincapié en que ayuden a todo el mundo en todo lo que puedan. Que sean niñas solidarias. Siempre les digo que si ven a una persona con un bastón blanco para cruzar una acera que se acerquen y les ofrezcan a ayudarle a cruzar.

    Esa Marga de Cuevas del Becerro sintió muchas discriminaciones como niña. Pero hoy una niña ciega en ese mismo pueblo no sentirá ese peso de la discriminación, ¿no cree?

    Qué va, han cambiado mucho las cosas. Hay un chico en mi pueblo precisamente que tendrá 5 añitos, y siempre le digo a su madre que no lo sobreproteja, que lo trate normal. Ese niño va a ser un genio el día de mañana porque no tiene nada que ver con la infancia mía.

    ¿Qué recomendación le haría a la ONCE de hoy?

    Qué difícil me lo pones. Yo como ciega total voy a tirar a mi terreno. Le diría que le dé a los ciegos totales todo el apoyo del mundo porque lo tienen muy difícil.

    ¿Algún sueño por cumplir a estas alturas de la vida?

    Uno que no voy a poder conseguir nunca. Me hubiese encantado conducir –se ríe-. Y ya no lo voy a poder conseguir nunca en la vida. Lo que se ha hecho con mi oído se podría conseguir con la vista, porque la audición que yo tengo es artificial, si me quito esto (y se quita el auricular de la cabeza) no oigo nada, tengo unos electrodos metidos y con esta antena conectada (se señala de nuevo) eso da la vida.

    | LUIS GRESA