DE PERFIL: Federico Martín, El Poeta de la Sierra

  • Boletín: BOLETÍN 137 diciembre 2019

    Federico Martín Delgado en la plaza de Los Romeros junto al pasodoble que escribió para su puebloFederico Martín Delgado en la plaza de Los Romeros junto al pasodoble que escribió para su pueblo

    Es otro Lorca y se llama Federico

    Luis Gresa | El contraste de colores que ofrece la Sierra de Aracena en otoño es todo un espectáculo de la naturaleza. La amalgama de ocres, dorados, amarillos, burdeos, verdes y marrones en toda su gama, se antoja infinita. Y la humedad de esa dulce lluvia que acaricia las hileras de chopos, castaños y dehesas de encinas añade un halo de brillo que bien podría conducir a los bosques de los cuentos de hadas. Es la belleza de la creación, el paisaje que rodea a Federico Martín Delgado (Los Romeros, 1946), desde que nació. El Poeta de la Sierra, un hombre único en la tierra, que es lo más parecido al otro Federico, García Lorca, en vida. Poeta, pintor, autor de teatro, guitarrista, pensador, un hombre de mundo profundamente libre. Federico es ciego y vive solo con su gato, Allan Poe, en una pequeña aldea anclada en el corazón de la Sierra de Aracena. Y aún sin luz, sigue pintando poesía y escribiendo pintura cada día. Recitando en cada palabra que pronuncia, como si la vida fuera en él un pregón permanente de versos encadenados.

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    Una crónica sobre la vida de Federico Martín Delgado forzosamente tenía que escribirse en otoño, cuando el paisaje que le ha visto nacer y le ha hecho poeta y pintor sobre todo, estalla en una explosión de colores, luces y sombras que sobrecogen al espectador.

    Llegar a él en Los Romeros no es tarea difícil. En una aldea de apenas cien habitantes, no muy lejos de Jabugo, de casas blancas y calles desiertas en los primeros fríos de ese otoño de verdad, cualquiera conoce a Federico. En la esquina de la plaza frente a la iglesia y el único bar del pueblo –la típica parroquia y campanario que todos hemos dibujado de pequeños- nació Federico Martín Delgado en el verano de 1946.

    Hijo de un herrero que tocaba el violín, en una familia acomodada en la España de la postguerra, su infancia mezcla sonidos del yunque y el martillo con la belleza de ese violín que le enseñó desde muy pequeño lo que es capaz de expresar el alma. “Es que Dios cuando creó el mundo lo rubricó con la belleza de la música”, explica vehemente. 

    En esos primeros años de vida, en esa casa bien podría haber más de 1.000 libros, calcula. Y él los devoraba todos. Sobre todo, los clásicos como Lope de Vega, Valle Inclán o Garcilaso de la Vega, Cervantes y Juan Ramón Jiménez por su puesto. A su madre, una mujer de su tiempo, que era más de Corín Tellado, le gustaba presumir orgullosa entre sus vecinos del arte que atesoraba su hijo, el niño poeta le decían entonces.

    Con 9 años ya había memorizado ‘Platero y Yo, el primer libro que leyó, y capítulos enteros de ‘El Quijote’, recitaba en los teatros y tocaba la guitarra. Aún no había cumplido los once cuando ganó el concurso de la Diputación de Huelva, por recitar el primer capítulo de ‘Platero y yo’. Ese que empieza: “Platero es pequeño, peludo, tan blando y suave por fuera...”. Al jurado le sorprendió su capacidad de memoria y pronunciación al poco tiempo de que concedieran el Nobel de Literatura al poeta de Moguer. Fue la primera vez que Federico vio el mar, en aquel viaje a Huelva, y le impactó tanto que aún hoy lo recuerda con emoción.

    Pero lo que de verdad quería entonces era leer a Lorca y Neruda en una España que prohibía sus lecturas. Y por eso marchó a Morón a hacer la mili para perfeccionar su inglés y acceder por fin a las grandes obras de la Generación del 27 que le llegaban a través de amigos en América. Con apenas 20 años el poeta ya recitaba de memoria y con pasión ‘El Romancero Gitano de Federico García Lorca.

    “Pinto poesía y escribo pintura”

    La guitarra ha acompañado siempre a Federico Martín Delgado en su creatividad artística

    Pareciera como si, por llamarse Federico en una familia llena de Federicos en su árbol genealógico, estuviera predestinado a ser poeta. “Pues sí, es una mochila de luz y de felicidad que se lleva a la espalda. Pero con un respeto tremendo”, explica sentado en un butacón frente a su chimenea.

    Y siguiendo su estela, el Federico de la Sierra de Aracena se estrenó en el mundo del teatro el año que murió el dictador en su cama. ‘Zapatera prodigiosa’, ‘Bernarda Alba’ o ‘Mariana Pineda’ son algunas de las obras que interpretará con la Asociación Cultural ‘Brisas de la Sierra’ para quien escribiría y estrenaría diez obras de teatro. “Era muy gracioso ser director, actor, decorador, hacía de todo”, recuerda ahora. “Y todo un atrevimiento en la España post franquista”, admite orgulloso.

    A finales de los setenta da también el salto a la pintura influido por sus amigos Ignacio Alearía de Valverde, Fernando Camacho de Jerez y Rocil, de Nerva. Ellos, y el impresionismo francés, le conducirán a una pintura de paisajes impresionistas que son abstractos, pero perfectamente definidos a la vez, para trasladar al espectador la imagen más certera de ese entorno natural que tanto ha influido en su obra.

    “El paisaje influye totalmente –explica recreándose en cada palabra-. Influyó en mi adolescencia cuando comencé a despertar a la vida. La poesía, la pintura, la música, todas las bellas artes es la rúbrica de la creación y ahí llevo metidos todos los sentimientos”. “Pinto poesía y escribo pintura”, resume gráficamente. “A veces escribo un poema y luego lo pinto y otras lo hago al revés”.

    Su capacidad de imaginación infinita le llevó a crear hace 25 años un recital de poesía erótica en Galaroza, el pueblecito más próximo a su aldea, “inspirado en las hojas de los castaños”, dice, que aún hoy congrega a poetas, estudiosos y amantes de la poesía en torno a ese mar castaños, olmos y encinas. Y puso en marcha también el Festival Flamenco del Jamón que sigue siendo un referente en la comarca.

    En ese tiempo que va de su primer ‘Platero y yo’ al último pregón, hace apenas unos meses, Martín Delgado ha recibido todo tipo de homenajes y condecoraciones. Tantos que no caben ya en las paredes y estanterías de su casa-museo. Por su salón han pasado grandes como Lola Flores o el Pali en busca de inspiración a sus coplas.

    Y entre cuadros, poemas y libros, los viajes forman parte también del itinerario de su vida, de su fuente de inspiracion. De hecho, habla y escribe portugués, inglés, italiano y árabe. Aunque de todos, Lisboa y Marrakech son las ciudades que más le han influido por haber vivido un tiempo en ellas.

    Pero también ha habido “cornadas”, “tres caídas de Cristo”, como le gusta decir, a lo largo de estos bien vividos 73 años. La primera vencer un cáncer en 1996. La segunda, estando en Marrakech, superar una subida de tensión que le rompió el nervio óptico en 2006 y que le llevó doce veces al quirófano hasta perder la vista por un glaucoma en fase terminal. Y la tercera, en 2016, con una parada cardíaca. De todas ha salido airoso el poeta. Y ahí está Federico, con su gato Allan Poe, un gato culto acostumbrado a sus silencios de lectura de día y a las sinfonías completas de Beethoven, la ‘Tosca’ de Puccini, el ‘Lago de los Cisnes’ de Tchaikovsky o las obras de Mozart o Rossini por las noches, porque hasta cuando duerme, o no puede dormir, Federico sigue siendo cultura viva.

    “Soy ciego para pensar más en la filosofía del mundo”

    El poeta de la Sierra se declara un hombre profundamente libre en todo su ser

    En total, el autor habrá escrito 25 obras de teatro en su vida, 200 pregones y más de 7.000 poemas, además de un centenar largo de exposiciones con sus cuadros. Sin contar sus numerosas aparaciones en medios, como el programa de televisión ‘Con las alforjas vacías’, un anticipo de lo que sería después ‘Un país en la mochila’ de Labordeta, y su especial debilidad personal por Luis del Olmo al que tantas veces le ha recitado en directo.

    Ahora agarrado siempre a su bastón blanco, el Hijo Predilecto de Jabugo, comparte su saber en las tertulias que forman sus paisanos en el bar de la plaza, a solo unos pasos de su puerta, mientras se escucha de fondo Radio Nacional de España.

    Dos horas por las mañanas, de lunes a viernes, Federico recibe la visita de un ángel, Gemma Sánchez, gracias a la Ley de Dependencia, que atiende sus mayores necesidades. La ONCE y esa Ley de Dependencia son, hoy por hoy, su mayor fuente de gratitud. El hombre de los versos y las palabras no encuentra suficientes adjetivos para agradecer tanta atención y cariño.

    Y su cabeza no para de pensar, ni sus manos de escribir con un rotulador de trazo muy grueso. “Ahora estoy escribiendo un poema sobre un serrano que va al portal de belén con un ‘burrillo’ y no se le ocurre otra cosa que ir llevando cosas de aquí como tocino o castañas, pero se va parando en los pueblos repartiéndolo a los más necesitados”, cuenta entusiasmado.

    Se siente libre. Siempre lo ha hecho. “Libertad total –sostiene-. He hecho lo que he querido. Y cuando he tenido un problema lo he borrado de mi memoria”.

    Federico sabe por qué es ciego, pero ahora también sabe para qué lo es. “Yo creo que es para pensar más en la filosofía del mundo, para tener más esperanza y más esperanza porque yo siempre lo miro bajo el paradigma cristiano, un agarradero. Ojalá tuviese la fe del carbonero sobre el que hablaba Machado. Ya la pudiera tener”, concluye.

    Si, a Federico le falta la luz. Pero le sobra color. Color, fuerza y vitalidad para poder seguir escribiendo los versos más tristes esta noche, como dijera Pablo Neruda, o los más hermosos.

    ‘La fuente, el cántaro y el poeta’ es uno de los poemas de su primer libro, al que le puso música Ángel Luis Cabezas. Y esta crónica, que es acaso una mera pincelada de su rica existencia, no puede terminar sin un verso suyo.

    Sobre la boca del cántaro

    Se oye reír el agua,

    Porque le canta a la fuente

    Con el chorro de su alma

    Tú no puedes cantarillo llevarte para tu casa

    Toda la hermosa canción que el manantial te regala,

    Tienes tu cuerpo tan chico que por tu boca se escapa

    La melodía que el río entre sus orillas canta.

    Tampoco en mí, cantarillo,

    Cabe tu alegría serrana

    Somos tan pobre los dos

    Que de barro es nuestra alma

    En esa plaza de Los Romeros transcurre gran parte de la vida de Federico Martín Delgado