DE PERFIL: Jesús Espiñeira, un ilustrado en Cádiz

  • Boletín: BOLETÍN 106 febrero 2017

    Temática: Perfiles Perfil de Jesús Espiñeira, en SevillaPerfil de Jesús Espiñeira, en Sevilla

    Lo de San Fernando, Cádiz, 1962, fue más bien un hecho circunstancial. Su abuela quería que el niño fuera cañailla, y allí que marchó su madre para parirlo en La Isla. Pero salvo ese matiz, que quedaría grabado en su DNI de por vida, Jesús Espiñeira es, a todos los efectos, un niño de Ceuta, un adolescente de Ceuta, un hombre de Ceuta. Allí se formó como persona en los primeros 18 años de su vida antes de saltar a la península. Hijo de militar, nieto de militar, sobrino de militar, Jesús es el fiel reflejo de la autodisciplina, de una férrea autodisciplina que le ha llevado desde pequeño a huir del inconformismo, a rebelarse contra él y a buscar la perfección y, por consiguiente, a no quedarse nunca satisfecho.

    “La Ceuta de mi infancia y juventud era suficiente para mi, no se me quedó chico aquello, porque con los amigos nos bastábamos para ser felices y tener una juventud plena”, explica. Ahora se enorgullece de tener amigos musulmanes, judíos e hindúes. “Mi segunda novela va de eso”, se precipita a contar.

    De haber sabido que la ceguera iba a adueñarse de sus ojos hubiera estudiado Historia, su gran pasión, pero para entonces, la retinosis pigmentaria no daba señales de tanta alarma y optó por una Ingeniería Técnica Industrial porque le encantaba todo lo que tuviera que ver con la tecnología. La Ciencia de los Materiales, asginatura de 2º, le costó la misma vida, pero al final, con la ayuda permanente de su madre y el apoyo ya de la ONCE, Jesús sacó su titulación ante la incredulidad de algunos de sus profesores.

    Esa Ingeniería, que nunca ejerció porque comenzó su otra carrera, en la ONCE, le llevó a vivir una experiencia más que enriquecedora, “dos años de golferío por Estados Unidos con la tuna”. Son palabras textuales suyas. Era la primera vez que cogía un micrófono en público. Desde entonces, no lo ha vuelto a soltar, a su manera, como hace todo Jesús.

    Afiliado a la ONCE desde 1986, Espiñeira se estrenó como director en Vejer de la Frontera en 1989. Al año siguiente marchó a Jaén de jefe de Servicios Sociales y desde finales de 1990 ha estado en ese mismo puesto en Cádiz, donde ha permanecido hasta su jubilación, a sus jóvenes 52 años.

    “Quedarse ciego se lleva más mal que bien al principio –explica-. Pero con la ayuda de la familia, de mi novia, mi actual mujer, de la ayuda de la ONCE, lo vas sobrellevando y te vas superando poco a poco. Te das cuenta de que eso es una circunstancia como cualquier otra. Que si has perdido la vista, ahí están el resto de los sentidos, que vienen en su auxilio. Y como a mí siempre me ha llenado la faceta musical, entre la música y exprimir cada gota del limón que le puedes sacar al jugo de la vida, no echo tanto de menos la visión”.

    En la personalidad de Jesús Espiñeira ha influido mucho su madre, Nely Garrido, una figura clave, decisiva, fundamental, en ser hoy lo que es, siempre con hambre y sed de saber más, de conocer más, de viajar más, de leer más, de inventar más. “Es la persona que me ha inculcado el ansia por descubrir todos los valores que ofrece la vida”, reconoce. Ella devoraba todos los documentales y si hoy Jesús disfruta con su colección de sellos, o del mundo de la astronomía, o de la ciencia, o de las plantas, o de las mátemáticas, o la Física y la Química, o del listado de Reyes de España, o de los Estados que conforman los Estados Unidos de América, es por ella, “todo gracias a ella”, resume orgulloso.

    Lo de Eurovisión no es por ella. Ese punto friki de Espiñeira nació solito. Se enganchó al Festival en 1971, el año en el que Karina dejó a España por primera vez en un digno segundo puesto con ‘En un mundo nuevo’, y ya no lo ha soltado. Le puedes preguntar qué canción quedó la tercera el año que murió Franco, o que país ganó el año de la victoria de Felipe o en qué lugar quedó España el año del atentado de las Torres Gemelas y contesta rápido y sin pestañear. No es que lo sepa, es que tararea la canción y la clava. “La memoria se me da bien –admite-. Curiosamente, dato que me gusta dato que se me queda”. Su cerebro es lo más parecido a un disco duro. En casi 30 años de trabajo en la ONCE jamás ha usado una agenda, tampoco electrónica, no la necesita.

    Pero él no se siente una persona especialmente capaz. “Rara vez se me va algo, pero no, no me siento un superdotado, para nada. Tener una memoria buena es como otras personas que tienen otras cualidades. Es simplemente eso, una cuestión de trabajarla”. Entonces Jesús recuerda cómo con solo 9 años, se sentaba con su madre en la cocina de casa y repetían los 50 estados americanos hasta memorizarlos, y luego las constelaciones, y luego las estrellas. “Eso es trabajar la memoria”, subraya.

    “Me encantaría vivir 200 veces la vida”

    Así demuestra Espiñeira que la clave de todo reside en la infancia. “Cultivar todo eso es fundamental. Yo soy un devora todo, doy a todos los palos. Me encantaría vivir 200 veces la vida para saborear lo que te da, pero hay que elegir. Y de todo lo que hay te vas quedando con lo que más te llena. Y lo que más me llena es mi mujer, mi madre, mis hijos, la música en todas sus vertientes, el Carnaval, los viajes, relacionarme con gente”.

    La vida en definitiva. 30 años después de su experiencia Made in Usa aún sigue en contacto con los amigos de entonces. “Estados Unidos es el país de los más grandes contrastes, te encuentras la gente más repugnante, prepotente e inservible, y a la vez con la entrega más grande que pueda existir. Ahí nada es tibio todo es a lo bestia”. Como que una misma población que vota la esperanza que significó Barack Obama pueda llegar a votar la incertidumbre que genera Donald Trump. “Me cuesta todavía muchísimo trabajo entender cómo es posible que los americanos hayan elegido a una persona con una falta de de valores tan grande, lo achaco al sistema de votos electorales”, afirma. Nueva York se la conoce como Cádiz. “Son dos ciudades abrazadas por el mar que constituyen un sitio donde las gentes que lo pueblan pueden sentirse seguras –explica-. Una en una orilla y la otra en otra. Si estiran los brazos se tocan. Las dos de libre pensamiento, las dos marcan mi vida junto con Ceuta, las dos creen profundamente en la libertad, en eso se parecen, en el resto no. Allí no hay un paro tan grande, ni aquí las casas son tan altas”.

    Ganador, junto con su compañera Ana Ruiz, del IV Concurso Musical de la ONCE 2015, no le vuelve la cara a ningún palo de la música, le gusta todo, el clásico, el pop, flamenco, jazz. De la historia le atrae la Edad Media, sobre todo los siglos XII y XIII, “por los Templarios, los Cátaros y esa movida que oculta tantas cosas que quedan por descubrir a los seres humanos del siglo XXI porque el rastro que van dejando nos va sorprendiendo cada día más”, relata. Ahora, jubilado oficialmente, no descarta empezar a estudiar Historia. “Quiero profundizar en aquellas cosas que no tuve oportunidad”, anuncia. Entre sus tareas, rematar su segunda novela. La primera, ‘Entre dos vidas’, la publicó el año pasado, una historia de amor basada en sus experiencias en las islas Hawai donde vivio tres meses. La siguiente será un thriller que arranca  con chicos y chicas de las cuatro comunidades cuyos comportamientos tendrán consecuencias importantes a escala internacional. La novela promete.

    Como todo lo que tiene que ver con Jesús Espiñeira. No se entendería el Premio Fermín Salvochea de la ONCE sin Jesús reboloteando por detrás del escenario, por los pasillos, provocando a las comparsas, hablando con las chirigotas, compartiendo anécdotas y poniendo nombres y apellidos a todos y cada uno de los ganadores de las 25 ediciones que conforman el Festival. El próximo 4 de marzo, Jesús no estará entre bambalinas, ni presentará la Gala de los Premios. Permanecerá sentado entre el público por primera vez y sufrirá, esta vez desde el público, por si un detalle, por pequeño que sea, sale mal o simplemente regular.

    “No, superdotado, no –concluye-. Pero me gustaría ser especial para la gente que me quiera y que yo quiero y que los siento especiales. Soy una persona que tiene los sentimientos a flor de piel. La gente que me quiere sabe que soy muy caliente para todo. Y de hecho me lo han recriminan. “Se te ven las ideas”, me dicen. Soy así, qué se le va a hacer”.

    Jesús Espìñeira en el jardín de la Torre de los Perdigones, en Sevilla