DE PERFIL: Gennet Corcuera, el valor de la comunicación

  • Boletín: BOLETÍN 104 diciembre 2016

    Temática: Perfiles Gennet Corcuera en la sede de la Delegación Territorial de la ONCEGennet Corcuera en la sede de la Delegación Territorial de la ONCE

    Hace más de 30 años que Gennet dejó su Etiopía natal en busca de una nueva vida en España, primero en Madrid, donde se formó en el Centro de Recursos Educativos de la ONCE, y desde hace tres años en Sevilla, donde trabaja en el Centro residencial de Aspadice en la localidad de Salteras. Allí ejerce como monitora de dos talleres de estimulación sensorial y de lectoescritura enseñando braille a personas sordociegas como ella y enseñándoles a afrontar la vida con tranquilidad sin las tensiones que genera un grado de dependencia tan alto como el que provoca esta doble limitación personal.  

    Hasta los cuatro años no descubrió su entidad como persona sorda. Gennet Cosrcuera nació sorda y al poco tiempo se quedó ciega así que en el colegio de monjas para niños pobres al que acudía no podía comunicarse. Nada de comunicación. A los tres años su familia desapareció y el orfanato de la Madre Teresa de Calcuta le acogió. “Esa misma monja fue profesora mía en ese orfanato”, cuenta con una rápida expresión de sus manos que interpreta su mediadora. “Me acuerdo de ella, era una señora mayor, muy cariñosa, sobre todo con los niños pobres, les daba mucho cariño, y cuidaba a los enfermos –explica-. Era como una salvadora, nos quería muchísimo a todos los niños que estábamos allí y era muy religiosa, creía muchísimo en Dios, lo seguía fielmente. Nos quería mucho, nos salvaba”, añade.

    Ese colegio era su familia. A los cuatro años comenzó a comunicarse a través de la lengua de signos, entró en contacto con los oyentes del colegio y empezó a tener relación con otras personas con discapacidad. Fue como volver a nacer. A esa edad le conoció su madre adoptiva, una trabajadora de la ONCE que ejerció muchos años como voluntaria, aunque la burocracia retrasó dos años la adopción. Le enseñó a andar, a peinarse, a jugar, a vestir sus muñecas, a coser, a relacionarse, a vivir. Disfrutaba con ella. Bastaba con que le tocaran el hombro para comunicarse. Ya no estaba sola en el mundo.

    “Quería trabajar como profesora”

    Con siete años llegó a Madrid y a los ocho entró en el entonces colegio Vicente Mosquete. Allí empezó a leer, a escribir el braille y a comunicarse con la lengua de signos española y con el sistema dactilológico en palma. Estudió Logopedia, para practicar la lengua oral y comenzó a utilizar la tablilla de braille para comunicarse. Luego vino Primero de Primaria, ya con la Pérkins con la que ganó velocidad en su comunicación. Luego la ESO, donde aprendió  Informática, compartió experiencias con otros alumnos ciegos y se familiarizó con la figura del mediador. Y después la Universidad. “Estudié Educación Especial porque quería aprovechar los conocimientos de mi discapacidad para estudiarla más a fondo, además de conocer otros tipos de discapacidades. Me resultaba curiosa, quería conocer otras situaciones y conocer otras capacidades diferentes. Gracias a lo que he estudiado me he dado cuenta de todos los tipos de discapacidades que hay. Además yo quería trabajar como profesora en el futuro y aproveché esta situación”.

    La época de la Universidad le resultó bastante difícil, admite. De hecho cuando terminó la ESO veía esa etapa como algo imposible, pero se esforzó y el empuje de su madre y la complicidad de sus profesores vencieron todos sus miedos. “La ONCE ha influido de una forma muy positiva en mi vida –subraya-. Cuando me eligieron para trabajar yo estaba muy contenta porque estaba relacionado con lo que había estudiado, era una oportunidad para mí y lo cogí con mucha ilusión”. Es el centro de atención a personas sordociegas en Salteras, un pueblecito del Alfarafe sevillano.

    En Sevilla ahora, la vida le resulta más fácil que en Madrid. Está más tranquila, con mayor calidad de vida, con amigos que le transmiten un sentido positivo en todos los ámbitos y con los que le gusta compartir los fines de semana. Vive sola desde hace cuatro años, los dos últimos en la capital andaluza, y sola se traslada desde su casa a Salteras a diario para acudir a su trabajo. En la ONCE le enseñaron también a defenderse en la cocina, aunque carece de olfato, y en las tareas diarias se siente plenamente independiente y autónoma, segura de si misma.

    “Es verdad que fui la primera persona sordociega en licenciarse en la Universidad de España pero cada persona sordociega es diferente, hay muy pocas sordociegas que llegan acceder a la Universidad”, comenta. De joven leyó la historia de Hellen Keller y quiso aprender de ella porque le resultaba muy inteligente, de su papel, de cómo actuaba. “Pero yo no he llegado a ser tan inteligente, somos diferentes”, matiza sonriendo. Le encanta leer sobre Biología, el nacimiento de la vida o sobre la muerte.

    Con el tiempo, de Etiopía, un país con el que se siente muy identificada, asegura,  guarda un sentimiento muy positivo. En 2005 estuvo allí de vacaciones la última vez y ahora en enero volverá en esta ocasión para grabar un documental sobre su vida. “En un futuro me gustaría aprender inglés para poder viajar porque me gusta mucho, también la lengua natural de Etiopía que es el amhárico”, comenta al ritmo vertiginoso de sus manos sobre las manos de su mediadora.

    Gennet se considera una persona fuerte. Lo demuestra a diario en su forma de afrontar cada jornada, en las cosas más cotidianas, comprar la comida, hace las tareas del hogar, en su capacidad para resolver cuestiones que a algunos pueden resultar tan sencillas como orientarse en la calle pero que tan difíciles para las personas sordociegas. Ayudada y agradecida siempre con la mediación y el apoyo que le brinda la Fundación ONCE para Personas Ciegas (FOAPS) y encantada con el refuerzo que le aportan las nuevas tecnologías.

    ¨Tengo un carácter muy positivo que me ayuda a hacer muchas cosas –comenta-. Hay veces que tengo que pasar por situaciones difíciles, como por ejemplo horarios que son incompatibles en los que esté ocupada y tenga que darle prioridad a cosas que no me apetecen en ese momento, pero me considero una persona muy positiva y cuido bastante de mi vida y de mí misma”.

    Y esa fortaleza humana le lleva ahora a animar a la sociedad a que se abra a las personas sordociegas. “Quiero que sepan que podemos llevar una vida independiente, que podemos desarrollarnos como personas, trabajar y hacerlo todo. Quiero darle importancia a ese hecho porque hace falta una mentalidad más abierta en la sociedad –concluye-. Tienen que saber que somos capaces de hacer lo que deseamos y no se tienen que marginar porque pueden hacer las cosas y hay que respetarlos y aceptarlos como son”.

    Corcuera, sonriente en el interior de la Delegación Territorial de la ONCE