EN PRIMERA PERSONA: Félix Hernández, director del Pabellón de Fundación ONCE en la EXPO’92

  • Boletín: BOLETIN 111 julio 2017

    Temática: Entrevistas Félix Hernández guarda muchos recuerdos de la EXPO'92 como Curro, la mascota de la Exposición UniversalFélix Hernández guarda muchos recuerdos de la EXPO'92 como Curro, la mascota de la Exposición Universal

    “La EXPO’92 fue el aldabonazo definitivo para la integración de la discapacidad”

    ¿Cuál es el primer recuerdo que le viene a la mente de la EXPO’92?

    Difícil, muy difícil, porque fueron tantos y tan emotivos que me resulta muy difícil. Pero si he de elegir uno, sentirme feliz por la integración de los discapacitados en la Exposición Universal, y no solo de las personas ciegas, también a las personas con deficiencias motóricas o auditivas a los que les prestamos una ayuda extraordinaria a través del SAPNE. El Servicio de Atención a Personas con Necesidades Especiales (SAPNE) que gestionó la ONCE en el Recinto fue pionero en muchos aspectos. Les ofrecíamos todo tipo de ayudas, bastones ortopédicos, telelupas, sillas de rueda con y sin motor, había una plantilla de 60 azafatas que cubrían las necesidades de las visitas. Tal es así que el Boureau Internacional de Exposiciones concedió a nuestro pabellón el premio por la labor realizada a favor de las personas con discapacidad en la EXPO.

    El lema que teníamos era ‘Ven y verás un mundo sin barreras’. Lo que queríamos era despertar las conciencias de los gobernantes para que se fuese estableciendo las normativas necesarias para que los discapacitados pudiéramos hacer una vida lo más normalizada posible. Teníamos coches adaptados, que fue el embrión de los Eurotaxis, hacíamos demostraciones para pedir plataformas bajas para los autobuses o semáforos sonoros o una reserva para el parking de coches, el rebaje de las aceras o la implantación de rampas, eliminar los escalones, las rampas, fue un impulso el que dio nuestro Pabellón. La verdad es que fue una auténtica revolución.

    La ONCE dio una lección al mundo en materia de accesibilidad.

    Total, fue una auténtica revolución sí. La accesibilidad tuvo un gran desarrollo como demostramos en el Pabellón. No fue una revolución absoluta porque todavía quedan barreras arquitectónicas en la vía pública y están las barreras culturales y mentales. Pero dimos el aldabonazo en el Pabellón al demostrar que todas las personas con discapacidad, debidamente capacitadas, son susceptibles de desempeñar cualquier trabajo, tanto en la empresa púbica como en la privada. Entonces estaba en vigor la LISMI que obligaba a reservar plazas de un 2% para las personas con discapacidad que casi nunca se cumplía.

    Con la perspectiva que da el tiempo, ¿cuál cree que fue el éxito del Pabellón de Fundación ONCE en la EXPO’92?

    Sería muy difícil poderlo cifrar. El éxito fue extraordinario en todos los campos. Lo corrobora los resultados que estoy comentado y ahora se puede apreciar en cualquier calle de las ciudades españolas o en las empresas donde hay trabajadores con discapacidad.

    Díganos una anécdota que todavía no haya olvidado.

    La Infanta Margarita de Holanda tenía un problema en la mano derecha. Entró en el cuarto de aseo del espacio de vivienda accesible y cuando salió nos dijo que habíamos cometido un error porque habíamos puesto papel higiénico solo en el lado derecho. ¿Y el que no tenga mano derecha que hace?, nos preguntó. Y corregimos claro esa deficiencia enseguida. La Reina doña Sofía se metió en el autobús, se puso las gafas y el bastón blanco, entró por una puerta y salió por otra. Y un corresponsal extranjero llamó al pabellón preguntando por el accidente que había tenido la Reina al verla en el papel de una persona ciega tratando de desenvolverse en el autobús. Balduino y Fabiola pidieron reunirse conmigo una vez finalizada la visita porque querían agradecerme en persona lo que vieron y estuvimos más de una hora reunidos. Incluso me invitaron a ir a su finca de Almería.

    ¿Y fue?

    No, no, no. Se lo agradecí muchísimo pero no fui, no.

    Para la ONCE fue un escaparate internacional extraordinario, ¿verdad?

    Sensacional, sensacional. Piensa que aparte de la cobertura mediática internacional tuvimos tres millones de visitantes, fuimos el segundo pabellón más visto después del de España. Nos visitaron los Reyes de Suecia, de Holanda, Bélgica, España, el sultán de Malasia, que vino vestido entero de amarillo, desde los pies hasta el pelo, presidentes como los de Australia.

    25 años después, la ONCE es hoy la primera organización social del mundo. ¿En qué medida cree que la EXPO’92 ayudó a esa tarea a sembrar ese camino de liderazgo internacional de la ONCE?

    La ONCE ya formaba parte de la Unión Europea de Ciegos y había tenido contactos con gobiernos latinoamericanos, pero a efectos de barreras, es el aldabonazo definitivo para que todos los poderes públicos estableciesen normas para llevar a cabo la integración de los discapacitados. Y los empresarios vieron personalmente cómo se desenvolvía ese personal en el Pabellón. Y vieron que si allí podían trabajar y rendían a plena satisfacción por qué no en sus empresas. Y se expandió en todos los sentidos.

    ¿Y qué fue lo más complicado de gestionar como director del Pabellón?

    Quiso mucha gente visitarnos y no pudimos porque estábamos limitados por la Organización y los horarios. El boom vino en verano, finales de julio, principios de agosto, y septiembre fue el no va más. Venían presiones de todo tipo para incluir la visita de muchos grupos, pero teníamos la capacidad a tope y teníamos que cumplir los mismos criterios todos los pabellones si no hubiéramos incurrido en responsabilidades. Eso fue una de las mayores preocupaciones, no poder atender plenamente a todos los que quisieron visitar el Pabellón o a los que quisieron repetir para llevarse información a sus respectivas ciudades.

    ¿Y lo más gratificante, lo más satisfactorio?

    Son tantas cosas. El personal que trabajó con nosotros, azafatas, atención al público, administrativos, seguimos teniendo contacto con ellos 25 años después y el 100% están colocados. Esa es la satisfacción. Y están colocados en empresas privadas más que en organismos públicos debido precisamente a su valía en el Pabellón. Eso para mí es una gran satisfacción. Todos están trabajando en sitios my dignos y de gran responsabilidad.

    ¿Cuántos pabellones visitó durante los seis meses que duró la Exposición Universal?

    ¿Quién yo? Yo no pude visitar muchos. El Pabellón de España, el de Francia, que tenía un ministro parapléjico con el que hice una buena relación, y el de Suecia, que el 13 de cada mes celebraban una procesión desde su pabellón al nuestro por Santa Lucía, a la que tienen mucha devoción. Pero visité pocos porque entraba en el Pabellón a las 9 de la mañana y salía a las 12 de la noche. El espectáculo del lago y Azabache, me encantaron.

    Félix Hernández fue portada de una revista sueca durante la EXPO, en la imagen en la entrada del Pabellón

     

    “Me siento muy orgullo de la ONCE”

    ¿De qué se siente más satisfecho de toda su trayectoria en la ONCE, Félix?

    No puedo decírtelo... Me quedé ciego a los 8 años. A los 11 ingresé en el colegio de la ONCE en Pontevedra –se emociona e interrumpe la conversación-. Me enseñaron a leer, a escribir y a rezar. Cursé todos los estudios que eran 6 cursos y salí a los 16 casi 17 años. Hay una gratitud inmensa a ese colegio que fueron las raíces de mi formación educativa, cultural y como persona. Otra experiencia que no puedo olvidar son los cuatro años que pasé en Soria vendiendo el cupón y estudiando al mismo tiempo hasta que terminé los estudios mercantiles a los 21 años. Entonces la ONCE exigía 21 años para optar a un cargo con una oposición ganada. Me presenté a oposiciones y saqué plaza de jefe administrativo. Ese tiempo que permanecí en Soria fue una gran lección de entrega y sacrificio y después, al paso de los años, aquello que yo llegué a maldecir por tanto trabajo y tanto estudio, reconocí que fue un golpe de gracia en mi vida para colocarme en un puesto de responsabilidad en la ONCE.

    Me refiero al principal motivo de orgullo a lo largo de sus años en los distintos cargos que ha ocupado en la institución.

    ¿En la ONCE? Es que son muchas cosas. Uno principal es que estando en Barcelona de delegado vino el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales para pedirme que fuera a Marid como jefe nacional. “El Gobierno quiere que la ONCE entre en la democratización, hay mucha resistencia y contamos con usted”, me dijo. Porque entonces la mayoría de los cargos de delegados e la ONCE eran militares, eran ciegos pero de guerra, el de Madrid, Valencia, Bilbao, la mayor parte eran militares, y los jefes de sección también eran militares, fueron los primeros que se colocaron tras la Guerra Civil, y también eran los mejores ciegos preparados de España en ese momento. Entonces mi satisfacción viene por haber contribuido a la democratización de la ONCE, que me tocó a mí, desde el primero momento al último, del 80 al 82. Ya en diciembre de 1982 me quedé parapléjico. Y otra cosa de lo que me siento muy orgulloso es de la integración de la ONCE en la Seguridad Social que fue algo determinante para el futuro de la institución. La ONCE de hoy tiene poco que ver con la que usted dirigió, en los años de la Transición española.

    ¿Cómo valora la evolución de la institución?

    Naturalmente la ONCE de los años 80 no era ni mucho menos comparable con la de los años 50. Del mismo modo que la actual ONCE no es comparable con la de los años 80 porque ha evolucionado como ha evolucionado la sociedad en su conjunto. Y como los ciegos somos seres humanos como los demás también vamos evolucionando y nos vamos incorporando al desarrollo cultural, tecnológico, empresarial Por consiguiente la ONCE actual se parece muy poco a la ONCE de hace 20 años como se parecerá muy poco a la de dentro de 20 años vista.

    Se ha avanzado mucho en el reconocimiento de derechos. Pero la integración es un largo camino pero una meta mucho más alcanzable que hace unas décadas, ¿no cree?

    Es que yo como ciego nunca he tenido problemas con la integración. Ni cuando tenía 12-13-14-15 años cuando estaba en mi pueblo jugando con los chavales de mi edad, siempre me sentí integrado. En materia de integración la principal aportación la tiene que hacer el propio ciego o discapacitado. Tiene que poner todo su saber y su entender en integrarse. Si este no quiere, por más medios y recursos que se pongan a su alcance, no se integrará jamás. Si por el contrario quiere integrarse, a poco que pongan a su alcance, se puede integrar aunque nunca sea al 100% por razones obvias.

    En todo caso usted se siente muy orgullo de la ONCE de ahora.

    Totalmente. Entonces me sentí orgulloso por unas razones y ahora por otras distintas, pero siempre orgulloso de la ONCE. Antes todos los ciegos teníamos que ir a uno de los cuatro colegios que tenía la ONCE y ahora cualquier niño recibe toda la educación en su propio pueblo sin necesidad de desplazarse, gracias a la enseñanza integrada, que va siempre apoyada por parte de la ONCE. A los niveles actuales, la ONCE ha conseguido vencer la imagen exterior del pobre ciego, esta expresión del ciudadano sobre los ciegos ha desaparecido debido al impulso que ha recibido a través de la ONCE, que le ha proporcionado educación, cultura, trabajo, y está ya en unos escalones muy superiores en la integración. La vida le ha resultado muy adversa y siempre ha sabido superar las barreras y sortear las dificultades que le ha ido poniendo, la ceguera, la silla de ruedas, el cáncer.

    Es usted un luchador nato, un ejemplo de superación impresionante. ¿Esa debe ser la actitud ante la vida, hacer frente a la adversidad con determinación?

    Tiene que partir del propio individuo, hacer de tripas corazón, enfrentarse a la realidad, saber los límites de cada uno. Existen recursos. ¿Dónde están? A buscarlos, a disponer de ellos. Hoy tienen muy fácil salir de ese caparazón de inútil que puede sentirse, romper esas amarras, depende en primer lugar de lo que el individuo quiere.ç

    ¿Se reconoce como un ejemplo?

    Ejemplo de superación no soy. He sido siempre una persona inquieta. Creo que todo se puede alcanzar con trabajo y dedicación utilizando bien los recursos que tenemos a nuestro alcance. Pero yo no soy ejemplo. También me convence un principio filosófico que recibí en el colegio de Pontevedra. Uno de los profesores, me dijo una frase que yo la he repetido muchas veces: Si tu problema tiene solución ¿por qué lloras? Y si tu problema no tiene solución, ¿por qué lloras? Yo con doce años no lo entendí pero luego me ha servido de fundamento para saber que soy como soy y el que no me acepte así no le puedo obligar. La persona con una discapacidad siempre que sea consciente de lo que tiene y no lo utilice como paño de lágrimas o pretexto para conseguir no sé qué, seguro que termina por vencer las dificultades y por triunfar en la vida de la familia, la empresa o las relaciones sociales. Depende de mucho de uno mismo.

    Félix Hernández, en su domicilio en Sevilla durante su conversación con nuestro Boletín Noticias ONCE Andalucía